—Habla usted bastante mal el español—dije yo—. ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
—Cuarenta y cinco años—repuso Benedicto—; pero cuando licenciaron la guardia me fuí a Menorca, donde olvidé el español sin aprender el catalán.
—¿Le gustaba a usted servir al rey de España?
—No tanto, que no me hubiera alegrado dejarlo hace cuarenta años; nos pagaban mal y nos trataban peor. Pero, si no me equivoco, usted es alemán; le hablaré a usted en mi lengua natal... Hubiera abandonado el servicio de España, como abandoné el del Papa, a quien serví antes de venir a este país, siendo muy joven; pero me casé con una mujer de Menorca, de quien tuve dos hijos; esto fué lo que me retuvo tanto tiempo por allá; antes de salir de Menorca mi mujer murió, y mis hijos se fueron cada uno por su lado y no sé qué ha sido de ellos. Mi intención es volver pronto a Lucerna y vivir allí a lo duque.
—Por lo visto, ha reunido usted un buen capital en España—dije yo, mirando a su sombrero y a lo demás de su atavío.
—Ni un cuart, ni un cuart; estas pastillas de jabón son todo lo que poseo.
—Quizás sea usted de buena familia y piense vivir de sus rentas.
—Ni un heller, ni un heller. Mi padre era el verdugo de Lucerna; cuando se murió, embargaron su cadáver para pagar sus deudas.
—Entonces—dije yo—se propone usted, sin duda, dedicarse a la fabricación de jabones en Lucerna. Hará usted muy bien, amigo mío, no conozco ocupación más honrosa y útil.
—No tengo la menor intención de dedicarme a eso en Lucerna—replicó Benedicto—. Y como veo que es usted alemán, lieber Herr, y me agrada su aspecto y su modo de expresarse, le diré a usted en confianza que apenas si conozco el oficio, y ya me han despedido de varias fábricas por mi impericia; las dos pastillas de jabón que llevo en el bolsillo no las he fabricado yo. In kurzem, tan mal enterado estoy del oficio de jabonero, como del de sastre, albeitar o zapatero que también he desempeñado.