—En el Trento quisiera yo verle metido hasta la cintura por decir tales tonterías. Sin embargo, procuraremos no desagradar a Oliban; es de los nuestros y nos ha prestado buenos servicios; es, además, hombre inteligente; pero, como buen aragonés, si se le mete una idea en la cabeza, cuesta mucho trabajo arrancársela. No obstante, iremos a verle; es antiguo amigo mío, y no dudo que le haremos entrar en razón.

Al día siguiente fuí a buscar a Galiano al Ministerio de Marina o Almirantazgo (¿cómo se debe decir?), y desde allí fuimos al Ministerio de lo interior, instalado en un edificio magnífico, antigua casa de la Inquisición. Nos avistamos con Oliban. Galiano se lo llevó al hueco de una ventana, y hablaron detenidamente, pero en voz muy baja, y como la habitación era inmensa, no pude oír palabra. Al cabo, Galiano se me acercó y dijo: «Hay alguna dificultad para resolver el asunto de usted; pero ya sabe Oliban que es usted amigo mío, y dice que eso le basta; quédese aquí con él, y hará cuanto sea necesario en favor de usted. Es asunto arreglado. ¡Adiós!» En diciendo esto, se marchó, dejándome con Oliban. El secretario comenzó acto seguido a escribir no sé qué cosa, y, al terminar, sacó una caja de cigarros, encendió uno, después de ofrecerme otro que rehusé, porque no fumo, y apoyando los pies en la mesa me dirigió en francés el siguiente discurso:

—Me alegro mucho de ver a usted en esta capital, y aún de verle trabajar en ese asunto. Considero un oprobio para España que no circule ninguna edición del Evangelio, al menos en condiciones tales que puedan adquirirla los más ricos y más pobres; una edición descargada de notas de invención humana, que aumentan el volumen del libro hasta hacerlo inmanejable. Para mí es indudable que una edición como la que usted intenta imprimir, ejercería una influencia muy beneficiosa en el espíritu del pueblo, que, entre nosotros, no conoce la religión a fondo ni en su pureza. ¿Cómo va a conocerla, visto que le han mantenido siempre cuidadosamente apartado del Evangelio, como si la civilización pudiera existir donde la luz evangélica se apaga? La regeneración moral de España depende de la libre circulación de la Escritura, tarea en que sólo Inglaterra, su afortunada patria de usted, puede empeñarse, por el nivel elevado de su civilización y la prosperidad sin rival de que al presente goza. La razón me obliga, en efecto, a reconocer todo esto, pero...

—«Ahora es ella»—pensé yo.

—«Pero...» Y una vez más comenzó a hablarme del fastidioso Concilio de Trento; me pareció, pues, que lo de escribir en un papel, la oferta del cigarro, y la enojosa y larga arenga no eran sino—¿cómo lo llamaré?—mera Φλυαρία.

Andaba ya por entonces muy entrada la primavera; las vertientes, aunque no las cumbres, del Guadarrama estaban desde tiempo atrás limpias de nieve; los árboles del Prado lucían ya su verde pompa, y toda la campiña de los alrededores de Madrid mostrábase alegre y risueña. Aún no habían llegado calores estivales, y el tiempo era, en verdad, delicioso.

Hacia el Oeste, al pie de la colina en que se alza Madrid, un canal corre durante unas cuantas leguas paralelo al Manzanares, del que le separan fértiles y amenas praderas. Las márgenes del Canal, empezado por Carlos III y no concluído hasta el día, están plantadas de hermosos árboles y constituyen el paseo más ameno de las inmediaciones de la capital. Allí iba yo a perder horas y horas, mirando los bancos de peces dorados y plateados que emergían al sol en la superficie de las aguas verdosas, o escuchando, no el trinar de los pájaros—porque no es España la tierra de esos cantores alados—, sino la charla de un naranjero, que, además de naranjas, vendía agua junto a una casilla de registro abandonada, frontera precisamente al puente de tablas que cruzaba el canal; allí había instalado su tenducho el naranjero por parecerle la posición favorable para su comercio. Era asturiano, como de cincuenta años, y de unos cinco pies de alto. Yo le compraba muchas naranjas, y no tardó en sentir gran amistad por mí ni en contarme su historia; ninguna cosa notable había en ella; el suceso más importante era una aventura que le ocurrió en la sierra de Granada, donde cayó en poder de unos gitanos que le dejaron en cueros y luego le despidieron dándole de palos. «He corrido toda España—me dijo—, y en conclusión opino que sólo hay dos sitios donde se puede vivir: Málaga y Madrid. En Málaga va todo muy barato, y hay tal abundancia de pescado, que muchas veces lo he visto amontonado en la orilla del mar; en Madrid, como está la corte, corre el dinero, y nunca me acuesto sin cenar. Lo único que me importa es vender naranjas, y mi único deseo es que, cuando muera, me entierren allí.» Al decir esto, señalaba al otro lado del Manzanares, donde, en el declive de una suave colina, como a una legua de distancia, brillaban al sol los blancos muros del Campo Santo.

El asturiano era un individuo muy zumbón, y aunque apenas sabía leer ni escribir, nada ignorante de las cosas del mundo; tenía muchas y exactas noticias de infinito número de personas, y poca gente pasaba junto a su puesto de quien él no conociese los nombres, el carácter y la historia. «Esos dos son gente muy principal—decía señalando a un caballero y una dama magníficamente ataviados, que se apearon de un coche, y pasaron cogidos del brazo por el puente de madera, seguidos de dos sirvientes—; son el Infante Francisco Paulo y su mujer la Napolitana, hermana de nuestra Cristina. Él es una buena persona; pero su mujer, vaya, es la de peor genio de Madrid; sabe decir carrajo tan bien y con tan excelente entonación como el carretero de la Mancha de peor temple. No la salude usted, amigo; no tiene educación ni guarda la etiqueta; una vez la saludé y no me hizo caso alguno, como si yo no fuese asturiano y noble, de mejor sangre que ella... ¡Buenos días, señor don Francisco! ¿Qué tal? Hace un tiempo hermoso. Vaya su merced con Dios... Esos tres individuos que han bebido agua son tres bandidos, tres verdaderos hijos del presidio. Los trato con amabilidad y me pagan o no, según les parece; no se puede uno poner a malas con ellos. He tenido ya algún disgusto por causa suya: figúrese usted que hará cosa de un año robaron a un señor un poco más abajo del segundo puente; y, dicho sea de paso, le aconsejo a usted, hermano, que no vaya por allí, como creo que va muy a menudo; es un sitio peligroso. Pues, como digo, robaron y maltrataron a un señor; pero un hermano suyo, escribano, se puso pronto sobre la pista, y los prendió a todos. Necesitaba que alguien los identificara, y quiso la casualidad que el día del robo estuviesen en mi puesto bebiendo agua, como acaban de hacer ahora. En cuanto el escribano lo supo me llamó a la cárcel para carearme con ellos. Demasiado bien los conocí, pero como he aprendido en mis viajes a cerrar los ojos o a abrirlos según convenga, dije al escribano que no me era posible afirmar que hubiese visto a tales hombres anteriormente. El escribano, furioso, me amenazó con el calabozo; pero yo le dije que hiciera su gusto, que no me importaba. Vaya, no era cosa de exponerme a la venganza de los tres presos y a la de sus amigos; vivo demasiado cerca de la Plaza de la Cebada para eso... ¡Buenos días, señoritos! Naranjas de Murcia, como ustedes ven: la verdadera sangre del dragón... ¡Agua fresca! Estos dos jóvenes son los hijos de Gabiria, intendente de la reina, el hombre más rico de Madrid; son guapos chicos y me compran mucha fruta. Su padre los quiere más que a todas sus riquezas, según dicen. Aquella vieja que está tirada debajo de un árbol es la tía Lucila; ha hecho varias muertes, y como me debe dinero, espero que algún día la veré ahorcar. Este hombre fué de la guardia walona; «señor don Benito Mol, ¿cómo está usted?»

El personaje últimamente nombrado, absorvió en el acto mi atención. Era un anciano corpulento, de más que mediana estatura, con el cabello blanco y las facciones algo encendidas; tenía los ojos grandes y azules, y siempre había en ellos, cuando los clavaba en alguien, una expresión de ansiedad, como si esperase recibir noticias importantes. Iba modestamente vestido, con chaqueta y pantalón de paño vasto, de tinte rojizo. Tocábase con un sombrero inmenso pero tan maltratado, que el borde de las alas tenía tantos dentellones como una sierra. Contestó al saludo del naranjero, hízome una cortesía, y luego exhibió dos pastillas de jabón de olor que trató de vendernos; hablaba una jerga áspera y destemplada que quería ser español, pero que se parecía más al valenciano o al catalán. Preguntéle quién era, y pasó entre los dos el siguiente coloquio:

—Soy suizo, de Lucerna; me llamó Benedicto Mol, y fuí soldado en la guardia walona; ahora soy jabonero, para servirle.