Pero no voy a escribir una historia de sucesos políticos que presencié entonces; baste decir que Mendizábal, viéndose contrariado en todos sus proyectos por la Gobernadora, que no aceptaba ninguna de las medidas propuestas por el ministro, y por el general, que permanecía inactivo y se negaba a atacar al enemigo, ya repuesto del contratiempo que le causó la muerte de Zumalacárregui y en considerable auge sus armas, dimitió, abandonando por el momento el campo a sus adversarios, aunque contaba en las Cortes con inmensa mayoría, y aunque la opinión del país, al menos en su parte liberal, le era favorable.

Se constituyó un gabinete presidido por Istúriz, en el que Galiano fué ministro de Marina, y un cierto duque de Rivas ministro de lo Interior. Estos eran los jefes del gobierno moderado; pero, impopulares en Madrid, y temerosos de los nacionales, buscaron el concurso de un hombre llamado Quesada, aborrecedor de la milicia nacional y que a nada temía; hombre asaz estúpido, pero gran guerrero, que en cierta época de su vida mandó una legión llamada Ejército de la Fe, cuyas hazañas en ambas vertientes del Pirineo son harto conocidas para que necesite recordarlas. Quesada fué nombrado capitán general de Madrid.

El más inteligente de los nuevos ministros era, con mucho, Galiano, a quien me presentaron poco después de mi llegada a Madrid. Hombre de muchas letras, conocía a fondo las de su país. Orador ante todo, de palabra fácil, elegante e impetuoso, era para el partido moderado, dentro de las Cortes, lo que Quesada fuera de ellas; es decir, el hombre de combate. Difícil sería decir por qué le hicieron ministro de Marina, ya que España no tiene ninguna; acaso lo fué por su dominio del inglés, idioma que hablaba y escribía tan bien como el suyo propio, habiéndose ganado la vida durante su estancia en Inglaterra, principalmente, escribiendo artículos para los periódicos y revistas; ocupación muy honrosa, pero que pocos de los extranjeros desterrados en Inglaterra son capaces de desempeñar.

Galiano era hombre muy pequeño e irritable, enemigo encarnizado de cuantos se atravesaban en el camino de su prosperidad. Odiaba a Mendizábal con rencor no disimulado, y siempre hablaba de él con infinito desprecio. «Temo que me cueste bastante trabajo arrancar a Mendizábal el permiso de imprimir el Nuevo Testamento»—le dije un día—. «Mendizábal es un asno—replicó Galiano—. Calígula hizo cónsul a su caballo, y creo que esto es lo que ha inducido a lord... a enviarnos a ese burro de la Bolsa de Londres para que sea nuestro ministro.»

Sería mucha ingratitud de mi parte no confesar aquí cuánto debo a Galiano, que me ayudó con todo su poder en el asunto que me llevaba a España. Poco después de formarse el ministerio moderado fuí a verle, y le dije que «entonces o nunca era la ocasión de hacer un esfuerzo en favor mío.» «Lo haré—me respondió con tono áspero, porque siempre habla con aspereza, lo mismo a los amigos que a los enemigos—; pero tenga usted paciencia unos cuantos días; estamos ahora muy ocupados. Nos han derrotado en las Cortes, y esta tarde intentaremos disolverlas. Dicen que esos canallas se negarán a marcharse; pero Quesada estará a la puerta para arrojarlos a la calle si oponen alguna resistencia. Vaya usted por allí, y acaso vea una función

Después de un debate de una hora, fueron disueltas las Cortes sin necesidad de recurrir a la ayuda del temible Quesada. Galiano, sin nuevas dilaciones, me dió una carta para su colega el duque de Rivas, a cuyo departamento incumbía, según me dijo, conceder o negar el permiso para imprimir el libro. El duque era un hombre joven y apuesto, de unos treinta años, andaluz por su cuna, como sus dos colegas ya nombrados. Había publicado varias obras—tragedias, según creo—, y gozaba de cierta reputación literaria. Me recibió con suma afabilidad, y enterado de mi pretensión, respondió, haciéndome una cortesía seductora y con un gesto genuinamente andaluz: «Vea a mi secretario; vea a mi secretario; él hará por usted el gusto

Fuí a ver al secretario, un aragonés llamado Oliban, que no era guapo, ni de elegantes maneras, ni afable. «¿Desea usted un permiso para imprimir el Nuevo Testamento?» «Sí, señor.» «¿Y le ha hablado usted de esto a su excelencia?» «En efecto.» «Supongo que intenta usted imprimirlo sin notas»,—continuó Oliban—. «Sí.» «Entonces, su excelencia no puede darle a usted el permiso—dijo el secretario aragonés—; el Concilio de Trento ordenó que en ningún país cristiano pueda imprimirse parte alguna de la Escritura sin las notas de la iglesia.» «¿Cuántos años hace de eso?»—pregunté yo. «No sé cuántos años hace—repuso Oliban—; pero tal es el decreto del Concilio.» «¿Es que en España rigen ahora los decretos del Concilio de Trento?»—inquirí—. «Rigen en algunos puntos, y este es uno de ellos—respondió el aragonés—; pero, dígame, ¿quién es usted? ¿Le conoce el embajador de su país?» «¡Oh!, sí, y tiene mucho interés por este asunto.» «¿De veras?—dijo Oliban—; entonces, el caso varía. Si puede usted demostrarme que su excelencia se interesa por el asunto, yo no pondré dificultades.»

El ministro británico hizo cuanto yo podía desear, y mucho más de lo que me atrevía a esperar. Tuvo una entrevista con el duque de Rivas, y hablaron detenidamente de mi asunto; el duque fué todo sonrisas y cortesía. Escribió, además, una carta particular al duque y me la dió, encargándome que yo mismo se la entregase la primera vez que fuese a verle; y para remate de todo, me escribió y dirigió otra carta en la que me dispensaba el honor de decirme que me tenía en gran aprecio, y que su mayor placer sería que yo obtuviese el permiso tan buscado. Fuí a ver al duque, y le entregué la carta; estuvo diez veces más bondadoso y afable aún que antes; leyó la carta, sonrió con la mayor dulzura, y luego, como poseído de súbito entusiasmo, extendió los brazos de un modo casi teatral, exclamando: «Al secretario; él hará por usted el gusto.» De nuevo me precipité al secretario, que me recibió con frialdad glacial. Le referí las palabras de su jefe, y le entregué la carta que me había escrito el ministro británico. El secretario la leyó con atención, y me dijo que, evidentemente, su excelencia se «había» tomado interés en el asunto. Me preguntó después mi nombre, y, tomando una hoja de papel, se sentó como si fuese a escribir el permiso. Yo estaba en mis glorias. De pronto, el secretario se detuvo, alzó la cabeza, pareció reflexionar un momento, y poniéndose la pluma detrás de la oreja, dijo: «Entre los decretos del Concilio de Trento, se cuenta uno...»

—¡Oh Dios mío!—exclamé.

—Es un hombre singular ese Oliban—dije un día a Galiano—; no puede usted imaginarse lo me está haciendo pasar; no se cansa de hablarme del Concilio de Trento.