—Creo que es gitano cerrado—musitó Balseiro—, o si no, será inglés, porque no entiendo ni una palabra.

—¿No te decía yo—exclamó el picador—que no sabes ni palabra del gitano cerrado? Pero el inglesito sí lo sabe, y yo entiendo todo lo que dice; vaya, no hay nadie como él para el gitano cerrado. Además, es muy buen jinete; después de mí, no hay quien le iguale; sólo él sabe montar con las acciones de los estribos muy cortas. Inglesito, si necesitas dinero, dispón de mi bolsillo; todo cuanto tengo está a tu servicio, y no creas que es poco: acabo de ganar cuatro mil chulés a la lotería. Animo, inglés, otra copa; yo lo pago todo; yo, Sevilla.

Y se golpeaba una y otra vez el pecho con la mano, mientras repetía: «¡Yo, Sevilla! ¡Yo...!»


CAPÍTULO XIII

Intrigas de la Corte.— Quesada y Galiano.— Disolución de las Cortes.— El secretario.— Testarudez aragonesa.— El Concilio de Trento.— El asturiano.— Los tres bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de Lucerna.— El Tesoro.

Mendizábal me había dicho que volviera a verle pasados tres meses, dándome esperanzas de no oponerse personalmente a la publicación del Nuevo Testamento; pero antes de que transcurrieran los tres meses cayó en desgracia, y dejó de ser primer ministro.

Para derribarlo se urdió una intriga, dirigida por Istúriz y Alcalá Galiano, gaditanos como Mendizábal, de quien hasta entonces se llamaron amigos. Ambos habían sido liberales egregios, y miembros importantes de aquellas Cortes que, huyendo de la invasión de Angulema, se llevaron a Fernando desde Madrid a Cádiz, y le tuvieron preso hasta que esta ciudad inexpugnable tuvo por conveniente rendirse; los dos personajes se refugiaron en Inglaterra, donde pasaron considerable número de años.

Por el tiempo a que me refiero, hallábanse Istúriz y Galiano sumamente pobres, sin que del apoyo a Mendizábal pudiesen esperar mejoras inmediatas; y considerándose, además, tan buenos y capaces como él para gobernar a España en las circunstancias dadas, resolvieron separarse del partido de su amigo, a quien habían apoyado hasta allí, y levantar bandera propia.

En consecuencia, formaron en las Cortes una oposición contra Mendizábal; los miembros de esa oposición tomaron el nombre de moderados para distinguirse de Mendizábal y sus secuaces, ultraliberales. Los moderados contaban con el apoyo de la reina regente Cristina, deseosa de un poder algo mayor que el que los liberales parecían dispuestos a concederle, y, además, enemiga personal del ministro. Veíanse también apoyados por Córdova, que entonces mandaba el ejército y estaba descontento de Mendizábal, porque el ministro no servía con suficiente presteza las demandas pecuniarias del general, aunque se decía que la mayor parte del dinero enviado para pagar a las tropas no se empleaba en eso, sino en fondos públicos franceses, a nombre y para uso y provecho del nombrado Córdova.