—Gracias, mi buen señor; es usted muy amable. Parece que me conoce usted; pero yo no tengo el honor de conocerle.

—¿No me conoce?—replicó el tal—. ¡Soy Sevilla, el torero! Yo le conozco a usted mucho; usted es el amigo de Baltasarito, el nacional, que es amigo mío y muy buena persona.

Volviéndose entonces a la compañía, dijo con voz sonora, arrastrando la última sílaba de cada palabra, según costumbre de la gente rufianesca en toda España:

—Caballeros valientes: Este caballero es amigo de un amigo mío. Es mucho hombre. No hay en España quien le iguale. Aunque es inglesito, habla gitano cerrado.

—No lo creemos—replicaron varias voces graves—. No es posible.

—¿Decís que no es posible? Pues yo os digo que sí. Ven acá, Balseiro; tú, que te has pasado la vida en presidio y te estás alabando siempre de hablar el gitano cerrado, aunque no sabes palabra, ven acá y habla con su merced en gitano cerrado.

Un hombre pequeño, enclenque, pero vivaracho, se adelantó. Iba en mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de demonio.

Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de las cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el calabozo, y si sabía lo que era una gitana[130].

—Vamos, inglesito—gritó Sevilla con voz tonante—, respóndele al monró[131] en gitano cerrado.

Contesté al ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado nombre duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté con alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños.