Yo.—¿Hay muchos carlistas en Madrid?

Baltasar.—Entre la gente joven, no; la mayor parte de los carlistas madrileños capaces de llevar las armas, se fueron hace tiempo a la facción. Los que quedan son casi todos viejos o curas, buenos tan sólo para reunirse en algún café apartado y proyectar fantásticos complots. ¡Que hablen, don Jorge, que hablen! Los destinos de España no dependen de los deseos de ojalateros y pasteleros, sino de las manos de los nacionales, intrépidos y firmes, como yo y mis amigos, don Jorge.

Yo.—Por su señora madre he sabido, con pena, que hace usted una vida muy desordenada.

Baltasar.—¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a usted, don Jorge? ¡Qué quiere usted, don Jorge! Soy joven, y la sangre joven hierve en las venas. Los nacionales me llaman el alegre Baltasar, y mi popularidad se funda en la jovialidad de mi carácter y en mis ideas liberales. Cuando estoy de guardia, llevo siempre la guitarra, ¡y si viera usted qué función se arma! Mandamos por vino, y los nacionales se pasan la noche bebiendo y bailando, mientras Baltasarito toca la guitarra y canta canciones de Germania.

Una romí sin pachí
le penó a su chindomar; etc.

Esto es gitano, don Jorge. Me lo han enseñado los toreros de Andalucía; todos hablan gitano, y muchos lo son de raza. Montes, Sevilla, Poquito Pan son amigo míos. No hay función de toros, don Jorge, en que no esté Baltasar con su amiga. En el invierno no se dan corridas de toros, don Jorge, que si no, le llevaría a usted a una; por suerte, mañana hay una ejecución; una función de la horca, e iremos a verla, don Jorge.

Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo. Los reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado de noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle. En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo, en la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el que había escrito algo, supongo que la confesión de su delito. Dos curas llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a cada lado, cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y tranquilidad celestiales; el delincuente se había reconciliado con la iglesia, confesado sus culpas y recibido la absolución, con promesa de ser admitido en el cielo. Sin mostrar el más leve temor, el reo se apeó, y subió sin ayuda al cadalso, donde le sentaron en el banquillo y le echaron al cuello el corbatín fatal. Uno de los curas comenzó entonces a decir el Credo en voz alta, y el reo repetía las palabras. De pronto, el ejecutor, colocado detrás de él, dió vueltas al tornillo, de prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente aquel desdichado murió. A tiempo que el tornillo giraba, el cura comenzó a gritar, pax et misericordia et tranquillitas, y gritando continuó, en voz cada vez más recia, hasta hacer retemblar los altos muros de Madrid. Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del reo, y de nuevo clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su marcha hacia la eternidad y consolarla en el camino. El efecto era tremendo. Yo mismo me excité tanto, que involuntariamente exclamé: ¡Misericordia! Y lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí en Dios ni en Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el cura, que en tal momento parecía el más importante de todos los seres vivos, con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo o del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema papista imperante, cuyo principal designio fué siempre mantener el ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que podía, y en concentrar en el clero sus esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo, fué enteramente igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber expirado su hermano.

He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero, en conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid, donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo, edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más frescas. ¡Pero la población!... Cercados por un muro de tierra que apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto singular, pero han contribuído a formarla veinte naciones—griegos, armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos de origen español, dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo. Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guanteros y perruquiers franceses, es española neta, aunque buena parte de ella no haya nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes, como en San Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni multitudes de yanquis insolentes callejeando, como en la Habana, con un aire que parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos apoderarnos de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada por muy varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo mientras la ciudad exista. ¡Salud, aguadores de Asturias, que, con vuestro grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel, os sentáis por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas vacías, o tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta los últimos pisos de las casas más altas! ¡Salud, caleseros de Valencia, que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis tabaco para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos! ¡Salud, mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en burdas mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas de los palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses, mayordomos y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, toreros de Andalucía, reposteros de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud, castellanos, extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis! Y, en fin, vosotros, los veinte mil manolos de Madrid, hijos genuinos de la capital, hez de la villa, que con vuestras terribles navajas causasteis tal estrago en las huestes de Murat el día Dos de Mayo, ¡salud! Y a las clases más elevadas—a los caballeros, a las señoras—, ¿las pasaré en silencio? En verdad tengo poco que decir de ellos. Apenas los traté, y lo que vi de sus costumbres no era muy a propósito para sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy de los que, vayan donde vayan, siguen la inveterada práctica de vilipendiar a las clases altas y de exaltar a su costa al populacho. En muchas capitales, la parte más notable e interesante de la población es precisamente la aristocracia. Tal ocurre en Viena, y más especialmente en Londres. ¿Quién puede rivalizar con el aristócrata inglés en prestancia, fuerza y valentía? ¿Quién monta mejores caballos? ¿Quién goza de posición más sólida? ¿Quién más amable que su esposa, su hermana o su hija? Pero tratándose de la aristocracia española, así de las señoras como de los caballeros, cuanto menos se diga en cada uno de los puntos aludidos, será mejor. Sin embargo, sé muy poco acerca de ellos, lo confieso; quizás tengan sus admiradores, a los que cedo la tarea de escribir su panegírico. Le Sage los describió tales como eran hace casi dos siglos; sus rasgos son poco seductores, y no creo que hayan mejorado desde que el inmortal francés los retrató. Hablaré, pues, con más gusto de las clases bajas, no sólo de Madrid, pero de toda España. Un español de la clase baja, sea manolo, labriego o arriero, me parece mucho más interesante que un aristócrata. Es un ser poco común, un hombre extraordinario. Le faltan, es cierto, la amabilidad y la generosidad del mujik ruso, capaz de dar su único rouble antes que el forastero pase necesidad; tampoco tiene su tranquilo valor, que le hace invulnerable al miedo y le impulsa, al mando de su zar, a arrostrar cantando una muerte cierta. En el carácter español hay menos abnegación y más dureza; le anima, en cambio, un sentimiento de altiva independencia que roba la admiración. Es ignorante, por supuesto; pero, cosa singular, invariablemente he encontrado en las clases más bajas y peor educadas, mayor generosidad de sentimientos que en las altas. Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de los españoles y de su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es verdad hasta cierto punto; pero es verdad, principalmente, respecto de las clases altas. Si el valor o el talento de los extranjeros nunca han alcanzado en España el premio merecido, la gran masa de los españoles no tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington en el mismo soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los soldados viejos de Aragón y de Asturias, que le ayudaron a vencer a los franceses en Salamanca y en los Pirineos. He oído criticar el modo de montar de un jockey inglés; pero el crítico era el necio heredero de los Medinaceli, no un picador de la plaza de Madrid.

A propósito de picadores: un día, poco después de mi llegada a Madrid, estuve un par de horas callejeando, en viaje de exploración, por un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él se cometían, y, al sentirme cansado, entré en un tabernucho a refrigerarme. Había muchos parroquianos, todos con cara de bandidos; a mi saludo contestaron quitándose los sombreros con mucha ceremonia y abriéndome calle hasta el mostrador. Vacié un vaso de val de peñas, y ya iba a pagar y a marcharme, cuando un individuo de horrible catadura, vestido con un coleto de ante fuerte, zajones y botas de montar que le pasaban de las rodillas, y tocado con un sombrero claro, cuyas alas tenían lo menos vara y media de circunferencia, se abrió paso entre la gente, y, encarándose conmigo, dijo con voz de trueno:

¡Otra copita! ¡Vamos, inglesito, otra copita!