Yo.—Los disturbios de este infortunado país no acabarán hasta que el Evangelio circule libremente.
Mendizábal.—Esperaba la respuesta, porque he vivido trece años en Inglaterra y conozco algo la fraseología de sus buenos correligionarios. Ahora, déjeme, se lo ruego; como ve usted, estoy muy ocupado. Vuelva cuando quiera, pero no antes de tres meses.»
Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del brasero, entró la patrona en mi aposento y me dijo: «Don Jorge, aquí está mi hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la cama, y al saber que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le presente, porque tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas liberales. Aquí le tiene usted, ¿qué le parece?»
Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía muy bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener hasta cinco pies y una pulgada de altura, y era más bien corpulento para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente, con una gorra de cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que hacía las veces de bata.
—Celebro mucho conocerle, señor nacional—le dije en cuanto su madre se retiró, y así que Baltasar se hubo sentado y encendido, claro está, un cigarro de papel en el brasero—. Me alegro mucho de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo.
Baltasar.—Sí, tengo bastante mano con los otros nacionales; en Madrid no hay ninguno más conocido que Baltasar, ni más temido por los carlistas. ¿Dice usted que puede hacerle falta un amigo? Pues ya sabe que dispone de mí para cuanto se le ofrezca. Tanto yo, como los demás nacionales, nos enorgulleceremos sirviéndole a usted de padrinos, si tiene entre manos algún lance de honor. Pero, ¿por qué no se hace usted de los nuestros? Le recibiríamos a usted con mucho gusto en el cuerpo.
Yo.—¿Son muy duras las obligaciones de un nacional?
Baltasar.—Nada de eso. Estamos de servicio una vez cada quince días, y luego suele haber alguna revista de poca duración. Las obligaciones son ligeras y privilegios grandes. Por ejemplo: yo he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado, armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos. Más aún; tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él, y a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo revolcándose en su sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer tales cosas.
Yo.—Supongo que todos los nacionales serán de opinión liberal.
Baltasar.—¡Así debiera ser! Pero hay algunos, don Jorge, que no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin embargo, y a casi todos los conocemos. La vida que llevan es poco envidiable, porque cuando están de guardia, nos burlamos de ellos, y con frecuencia los damos de palos. La ley obliga a todos los hombres de cierta edad a servir en el ejército o a alistarse en la guardia nacional; por eso hay en nuestras filas algunos de esos godos.