Como el principal motivo de mi visita a la capital de España era el deseo de obtener permiso del Gobierno para imprimir en castellano el Nuevo Testamento y difundirlo por el país, comencé, sin pérdida de tiempo, a dar los pasos que me parecieron necesarios.

Era yo completamente desconocido en Madrid, y no llevaba cartas de presentación para ninguna persona influyente que pudiera valerme en mi empresa, de suerte que, si bien abrigaba esperanzas de buen éxito, confiando en la protección del Omnipotente, esas esperanzas sufrían pasajeros desmayos y las oscurecían con frecuencia las nubes del desaliento.

Por entonces era primer ministro en España Mendizábal, y se le tenía por hombre de poder casi ilimitado, en cuyas manos estaban los destinos del país. Consideré, pues, que si lograba por cualquier medio poner de mi parte a hombre tan poderoso, no tendría que temer molestia alguna por otro lado, y resolví acudir a él.

Antes de dar ese paso, me pareció prudente avistarme con Mister Villiers, embajador de Inglaterra en Madrid, y, con la libertad aneja a mi condición de súbdito británico, pedirle consejo en el asunto. Me recibió con mucha bondad, y tuvimos una conversación agradable acerca de varios temas antes de abordar el que a mí me preocupaba hondamente. Díjome que si yo deseaba una entrevista con Mendizábal, él se ofrecía a procurármela, pero al mismo tiempo me advirtió con franqueza que no esperaba de ella ningún resultado bueno, porque le constaba la violenta predisposición de Mendizábal contra la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, y era lo más probable que en lugar de favorecerlo, contrariase cualquier intento de la Sociedad para introducir el Evangelio en España. Resolví, a pesar de todo, hacer la prueba, y antes de separarme del embajador obtuve una carta de presentación para Mendizábal.

Una mañana, temprano, acudí a Palacio, en una de cuyas alas estaba el despacho del primer ministro. El frío era cruel; el Guadarrama, sobre el que hay una hermosa vista desde la explanada del Palacio, estaba cubierto de nieve. Casi tres horas estuve tiritando de frío en una antecámara, con varias personas más que, como yo, aguardaban audiencia del poderoso. Al cabo se presentó el secretario particular, y después de hacer diversas preguntas a los otros, se dirigió a mí, interrogándome acerca de mi calidad y mis pretensiones. Díjele que yo era un inglés, portador de una carta del ministro británico. «Si usted no se opone, yo se la entregaré personalmente a su excelencia»—me dijo—. En oyendo esto, le alargué la carta y desapareció. Entraron antes que yo varias personas, pero me llegó el turno, al fin, y me introdujeron en el despacho de Mendizábal.

El ministro estaba detrás de una mesa cubierta de papeles, examinándolos con intensa atención. No se enteró de mi presencia, y tuve tiempo suficiente para contemplarlo. Era un hombre corpulento, atlético, un poco más alto que yo, que mido descalzo seis pies y dos pulgadas; de tez sonrosada, facciones finas y correctas, nariz aguileña y dientes de espléndida blancura; aunque apenas frisaba en los cincuenta años, tenía el pelo muy canoso. Vestía una lujosa bata de mañana, con una cadena de oro alrededor del cuello, y calzaba chinelas de tafilete.

Su secretario, hombre de buena presencia y de expresión inteligente, que, según supe después, se había conquistado un nombre en la literatura española y en la inglesa, permanecía en pie junto a la mesa, con papeles en las manos.

Después de hacerme esperar en pie un cuarto de hora, Mendizábal alzó súbitamente sus ojos penetrantes y clavó en mí una mirada escrutadora, poco común. «He visto un mirar muy parecido a ese entre los Beni-Israel—dije entre mí...

Nuestra entrevista duró casi una hora; la conversación fué de singular interés. Mendizábal, como ya me habían advertido, era, en efecto, ardiente enemigo de la Sociedad Bíblica, de la que hablaba con odio y desprecio; estaba también muy lejos de ser un amigo de la religión cristiana, con quien me fuese fácil contar. Sin desanimarme por eso, le insté mucho en favor del asunto que allí me llevaba, y tuve tanta fortuna, que ofreció permitirme imprimir las Escrituras si, como esperaba, de allí a unos meses el país estaba más tranquilo.

Cuando ya me marchaba, me dijo: «No es esta la primera petición de ese género que me hacen. Desde que estoy en el gobierno, no se harta de importunarme con esas cosas una bandada de ingleses, desparramados hace poco por España, que se llaman a sí mismos cristianos evangélicos. Todavía la semana pasada, un individuo jorobado se abrió paso hasta mi despacho, donde yo trataba asuntos importantes, y me dijo que Cristo estaba para llegar de un momento a otro... y ahora viene usted y casi me convence, para indisponerme aun más con el clero, como si todavía no me odiase bastante. ¿Qué singular desvarío les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino cañones y pólvora para acabar con los facciosos, y, sobre todo, dinero para pagar a las tropas. Siempre que venga usted con esas tres cosas, se le recibirá con los brazos abiertos; si no, habrá usted de permitirnos prescindir de sus visitas, por mucho honor que nos dispense con ellas.