Abarbanel.—No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero, y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo. Hay una fiesta especial en el año, en la cual, cuatro dignatarios eclesiásticos vienen sin falta a visitarme; y cuando, tomadas las necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se sientan en el suelo y blasfeman.

Yo.—¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes?

Abarbanel.—De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios, y preferimos vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de los nuestros es pobre. Los que sirven, lo hacen por conveniencia más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros, se adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con las hijas de sus amos.

Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso—añadió—, no debe usted ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.» Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella, y en la mañana del segundo día llegué a Madrid.


CAPÍTULO XII

Mi alojamiento en Madrid.— La patrona.— El embajador británico.— Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un Nacional.— Sangre moza.— La ejecución.— La población de Madrid.— Las clases altas.— Las clases bajas.— Las corridas de toros.— El gitano.

Llegué a Madrid en los comienzos de febrero de 1837. Estuve breves días en una posada, y me mudé a la habitación que alquilé en el núm. 3 de la calle de la Zarza[129], calle oscura y sucia, no obstante hallarse pegada a la Puerta del Sol, punto céntrico de Madrid, donde desembocan cuatro o cinco de las vías principales, y sitio de reunión, en todas las épocas del año, de los vagos de la capital, pobres o ricos.

La casa en que me alojé, era bastante singular. Ocupaba yo la parte delantera del primer piso; mis habitaciones consistían en una sala inmensa con un cuarto pequeño al lado, para dormir. La sala, a pesar de su tamaño, tenía muy pocos muebles: unas cuantas sillas, una mesa y un sofá componían todo su ornamento. Era muy fría y aireada, gracias a las corrientes que se colaban por tres grandes ventanas y por diversas puertas. La señora de la casa, acompañada por sus dos hijas, me condujo a mi aposento. «¿Ha visto usted nunca—me preguntó—un cuarto tan hermoso como éste? ¿Verdad que es digno de un príncipe? El invierno pasado vivió aquí el gran general Espartero.»

La patrona era una mujer de desmesurada gordura, natural de Valladolid, en Castilla la Vieja. «¿Tiene usted alguna otra familia además de estas hijas?»—le pregunté—. «Dos hijos. Uno es oficial del ejército, y padre de este niño»—me contestó señalando a un muchacho de unos doce años, con cara de travieso pero listo, que brincaba por el aposento; «el otro es el nacional más famoso de Madrid. Es sastre de oficio y se llama Baltasar. Tiene gran influencia con los otros nacionales por el liberalismo de sus opiniones, y a una palabra suya toman las armas y acuden furiosos a la Puerta del Sol. Al presente, guarda cama; hace una vida muy desarreglada, y es muy amigo de toreros y de gentes peores aún.»