Abarbanel.—A Toledo, donde a veces trafico como longanicero. Me gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que me miran con malos ojos.
Yo.—¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las autoridades?
Abarbanel.—La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy, pero como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A qué vienes aquí?» Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado; pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo que hasta cierto punto los tengo en mi poder; y la gente menuda, alguaciles y corchetes, está siempre dispuesta a favorecerme, en consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y destruir al que nos perjudica.
Yo.—¿Se meten con usted los curas?
Abarbanel.—Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia, y en la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió.
Yo.—¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza, investida de la suprema autoridad?
Abarbanel.—Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas—la principal, puedo decir—. Especialmente, mi abuelo era un varón justo; y oí contar a mi padre que una noche un arzobispo fué secretamente a nuestra casa, sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo.
Yo.—¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo por uno como usted o como su abuelo?
Abarbanel.—Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había intentado inútilmente olvidarlo; que el ruals se cernía siempre sobre él, y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo, hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fué a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se volvió a su diócesis, donde murió poco después, en gran opinión de santo.
Yo.—Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros?