Abarbanel[128].—Cuando estalló la guerra de la Independencia, siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia un oficial inglés, encargado de instruir a reclutas; se alojó en casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fuí con él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando, súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo; pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted en plena oscuridad.
Yo.—¿Y qué género de vida hace usted, y cuáles son sus medios de subsistencia?
Abarbanel.—Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis antepasados, y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma ruta he seguido. A su muerte, tomé posesión de la herencia; era yo hijo único, los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar; pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre, que era longanicero. A veces he tratado también en lana; pero sin gran empeño por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte; en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar.
Yo.—¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado?
Abarbanel.—Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una amiga, o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una le llamo amiga por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo, y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea.
Yo.—Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas?
Abarbanel.—En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido debajo de tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo de Fernando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones, en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas, y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en vajillas como ya las quisiera para sí la Reina de España, y hacemos las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas.
Yo.—Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra persona de su gremio?
Abarbanel.—Mis dos criados son también de los nuestros; uno es joven, y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es viejo, y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una mula.
Yo.—¿Y adónde se dirige usted ahora?