—No puede ser—replicó mi compañero—; usted no sabe nada de mí, ni puede saberlo.

—No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado de muchas más cosas de las que usted se figura.

¿Por ejemplo?—dijo el desconocido.

—Por ejemplo—repliqué—; usted habla dos idiomas.

El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva, y luego dijo en voz baja: Bueno.

—Usted tiene dos nombres—continué—: uno, para el interior de su casa, y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que usted más quiere de los dos.

Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes; de pronto, se volvió, y tomando nuevamente las riendas de la burra, la detuvo. Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna, mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?»

* * * * *

Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una casona lóbrega, la posada principal de la ciudad, según me dijo mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía una buena lumbre. «Pepita—dijo mi compañero a una linda muchacha que salió a nuestro encuentro sonriendo—, un brasero y un cuarto reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero, fué excelentísima, nos sentamos junto al brasero y comenzamos a hablar.

Yo.—Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz.