—Está fría la noche—díjele al fin—. ¿Es este el camino de Talavera?

—Este es el camino de Talavera, y la noche está fría.

—Yo voy a Talavera—añadí—; supongo que usted también.

—Allí voy yo; usted también va, bueno.

La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea, tan extraña y singular, como el aspecto del hombre que las decía; no era exactamente la de una voz española, y, sin embargo, había algo en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra bueno; algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer estaba dispuesto a no buscar ni esquivar la conversación.

—¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos, de noche?—le pregunté—. Dicen que están llenos de ladrones.

—¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos, de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted que es un extranjero, un inglés?

—¿Cómo sabe usted que soy inglés?—pregunté lleno de sorpresa.

—No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.

—Ya que habla usted de eso—dije yo—, ¿y si su acento me descubriese también quién es usted?