—Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear al lobo—replicó su compañero—. Las yeguas, como todas las hembras, son muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en el campo con sus crías, y se da la señal de que viene el lobo, se asustan y corren un poco, pero al momento se reunen y se forman en corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa, y cuando el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del corro, se alzan de manos dispuestas a aplastarlo contra el suelo, en cuanto intente hacerles, a ellas o a su cría, el menor daño.

—Peor que el lobo—dijo el soldado—es la loba; porque como ha dicho muy bien el señor pastor, las hembras tienen más malicia que los machos. Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir una manada de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace; parecen embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez viajaba yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de pronto oímos un aullido. «Son los lobos—dijo mi compañero—. Echémonos fuera del camino.» Así lo hicimos, y remontamos un poco la falda del cerro, hasta llegar a una explanada plantada de vides, como se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo gris, deshonesta, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros estábamos, y como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca, que me rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y siguió adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás lobos pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin mirarme siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que estaba un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección de los lobos como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba dió media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego; en un instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron, aullando de un modo horrible. En un santiamén le devoraron, y sólo quedó de él la calavera y unos cuantos huesos; después, los lobos se fueron como habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la loba, que hiciese menos caso de mí que de mi compañero.

Oyendo esta y otras conversaciones por el estilo, me adormilé al amor de la lumbre, y así estuve gran rato, hasta que me despertó una voz que decía muy alto: «Los han cogido a todos». Eran las mismas palabras que tanta confusión produjeron a Antonio el gitano cuando se las oyó a su hija en el despoblado. Miré en torno mío, y vi que seguían allí los mismos individuos a cuya conversación asistí antes de amodorrarme; pero ahora el orador era el mendigo, y hablaba con mucho calor.

—Dispense usted, caballero—dije yo—, pero no he oído lo que ha dicho usted al principio. ¿Quiénes son esos que han cogido?

—Una cuadrilla de malditos gitanos, caballero—replicó el mendigo, devolviéndome el título que yo cortésmente le había dado—. Más de quince días han tenido infestada la raya de Castilla, y han robado y matado a muchos señores viajeros como usted. Parece que la canaille gitana trata de aprovechar los disturbios de estos tiempos, y se ha constituído en facción. Dicen que a esa cuadrilla iban a juntársele muchos de sus hermanos de raza, y lo creo, porque todos los gitanos son ladrones; pero, gracias a Dios, han acabado con ellos antes de que llegaran a ser demasiado temibles. Yo mismo los he visto llevar a la cárcel de... ¡Gracias a Dios! Todos están presos.

—Está aclarado el misterio—me dije, y me puse a despachar la cena, ya servida.

La jornada siguiente me llevó a una ciudad de cierta importancia, la primera entrando en Castilla la Nueva por aquella parte, cuyo nombre he olvidado[127]. Pasé la noche, como de costumbre, en la misma cuadra que mi caballería, echado cerca de ella en el pesebre. Como viajaba en borrico, juzgué necesario contentarme con un lecho proporcionado a mis medios de locomoción, para no suscitar en la gente con quien trababa, la sospecha, viéndome demasiado exigente o delicado, de que yo fuese hombre más principal de lo que mi atavío y equipaje permitían suponer. Me levanté antes del alba y continué mi camino, esperando llegar con luz del sol a Talavera, de la que me separaban, según me dijeron, diez leguas. El camino seguía una planicie ininterrumpida, plantada casi toda de olivares. A pocas leguas de distancia por la izquierda, se alzaban las grandes montañas que ya he mencionado. Corrían hacia el Este, formando una cordillera al parecer interminable, paralela al camino; las cumbres y vertientes estaban cubiertas de nieve deslumbradora, barrida por el viento que llegaba hasta mí, a través de la vasta y melancólica planicie, en ráfagas cruelmente frías.

—¿Qué montañas son esas?—pregunté a un barbero-sangrador, que, montado en una burra del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo a eso del mediodía, y me acompañó durante unas cuantas leguas—. «Se llaman de diverso modo, caballero—respondió el barbero—, según los nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La cordillera es muy grande, caballero, y separa los dos reinos; del lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas, y aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contemplarlas, cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora, por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda España cordillera como ésta, caballero; tiene sus secretos, sus misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber usted que la cordillera es muy ancha, y se puede andar por ella días y días sin llegar a término. Muchos se han perdido en ella y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas, cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil estropicios. Es cosa averiguada que, allá lejos, hacia el Oeste, en el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho, que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron en él casualmente, y, ¿sabe usted lo que encontraron, caballero? Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía allí desde la creación del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas, y sin saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. Caballero, ¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A mí me enorgullecen esas montañas, caballero; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una burra como la de usted—excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía—y me iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que contienen.»

No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi cabalgadura. Salió al fin la luna, y a su débil luz distinguí de pronto un bulto que se movía a muy corta distancia delante de mí. Aligeré el paso de la burra, y no tardé en ponerme a su lado. El bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, lo que permitía ver, en ocasiones, el resto de su traje, compuesto de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba unas alforjas, y en la mano derecha una pértiga.

Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque, naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus grandes ojos en la luna, que ya brillaba con fuerza en el cielo.