—¿Estoy ya en Castilla la Nueva?—pregunté al barquero al llegar a la otra orilla.

—La raya está a unas cuantas leguas de aquí—contestó—. Usted parece extranjero. ¿De dónde viene usted?

—De Inglaterra.

Y sin aguardar otra respuesta, monté en la burra y seguí mi camino. La burra meneó los remos con presteza, y poco después de cerrar la noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la orilla del río.

Me alojé en una venta. Ardía en la cocina una buena fogata, en la que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté, y me entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un cazador con su escopeta; un par de pastores, con enormes perros, de los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la guerra, y un mendigo, que después de pedir una limosna por las siete llagas de María Santísima, se sentó con nosotros y se instaló muy a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me llevara. Mientras las guisaban estuve al amor de la lumbre oyendo la conversación de aquella gente.

—Más quisiera ser lobo—dijo uno de los pastores—u otra cosa cualquiera, que pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el campo, entre carrascales, pasando frío y hambre por una peseta diaria. Un lobo se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.

—Pero muchas veces—dije yo—lo pasa muy mal, y cuando los pastores y perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.

—Eso ocurre muy pocas veces, señor viajero—dijo el pastor—. El lobo acecha las ocasiones, y es muy raro que se meta en un mal paso. Y lo que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene garras y dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez, les quedan muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos perros míos se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal mucho más fuerte, y en cambio los he visto yo huír del lobo, a pesar de que los azuzábamos.

—El lobo es muy peligroso, y, además, muy astuto. Sabe más que nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted, pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un caballo? Me figuro que no.

—En efecto—dijo el otro pastor—sabe muy bien lo que hace, y a los caballos se les sube de un brinco en las ancas y desjarreta en seguida. ¡Qué miedo siente un caballo al pasar cerca de la madriguera del lobo! Mi amo iba el otro día al despoblado por lo alto del puerto, en el trotón andaluz, que le ha costado quinientos duros; de pronto, el caballo se paró y se puso a sudar y a temblar como una mujer a pique de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el motivo, hasta que oyó unos gruñidos entre las matas; disparó la escopeta y espantó a los lobos, que salieron huyendo; pero me ha dicho que al caballo aún no se le ha pasado el susto.