El gitano pareció reflexionar.

—Es verdad, necesito el caballo, hermano—me dijo—y también el macho, pero como no vas a ir en pindré[125], le compras a Antonia la burra que yo le di cuando la envié a esta expedición.

—Me parece que la burra está sin domar y resabiada.

—Así es, hermano, y por eso la compré; las caballerías resabiadas y mal domadas suelen tener muy buenos pies. Tu eres Caló, hermano, y podrás montarla. Así que, le das a mi hija Antonia un baria[126] de oro por la burra, y si te parece conveniente, véndela en Talavera o en Madrid, porque las bestias extremeñas son muy apreciadas en Castumba.

Menos de una hora después, iba yo por la otra vertiente del puerto, montado en la burra cerril.


CAPÍTULO XI

El puerto de Mirabete.— Lobos y pastores.— La sutileza de las hembras.— Muerto por los lobos.— Se aclara el misterio.— Las montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero nocturno.— Abarbanel.— Los tesoros ocultos.— El poder del oro.— El arzobispo.— Llegada a Madrid.

Bajaba yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito que me había llevado a España, y admirando otros uno de los más hermosos panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies limitadas en la lejanía por montañas gigantescas, y a mis pies serpenteaba entre márgenes escarpadas la vena angosta y profunda del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la Independencia, y no reconstruído.

Crucé el Tajo en una barca; el paso fué un poco difícil por la rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.