Yo.—¿Es posible que creas en una doctrina tan bárbara, Antonio?
Antonio.—A veces, sí; a veces, no. Algunos hay que no creen en nada, ni siquiera en que viven. Hace mucho tiempo, conocí yo a un Caloré viejo, muy viejo, tenía más de cien años, y una vez le oí decir que todo lo que creemos ver es mentira; que no hay mundo, ni hombres, ni mujeres, ni caballos, ni mulas, ni olivos. Pero ¿adónde vamos a parar por este camino? Te he preguntado por qué vienes a este país, y me dices que por la gloria de Dios y Tebleque. ¡Disparate! Eso se lo cuentas a los Busné. No hay duda que tendrás muy buenas razones para venir aquí, porque, en otro caso, no habrías venido. Algunos dicen que eres un espía de los Londoné[123]. Tal vez; pero no me importa. Levántate, y dime, hermano, si ves a alguien bajar del puerto.
—Veo una cosa a lo lejos—repliqué—como una mancha en la vertiente del cerro.
El gitano se puso en pie, y ambos miramos con atención, pero la distancia no nos permitió al principio ver claramente si aquel objeto se movía o no. Un cuarto de hora después se disiparon nuestras dudas, porque el objeto que observábamos había llegado al pie del cerro y columbramos una persona montada en un animal, cuya especie aún no pudimos reconocer.
—Es una mujer—dije yo al cabo—montada en un asno rucio.
—Entonces es mi emisario—dijo Antonio—; no puede ser otro.
La mujer y el burro llegaron al llano, y por un rato desaparecieron a nuestra vista entre las leñas y malezas del monte. No tardaron en aparecer a una distancia como de cien varas. El burro era un hermoso animal, de pelo gris plateado, que venía retozando, moviendo el rabo, y con paso tan ligero que parecía no tocar el suelo con las patas. En cuanto nos vió, se paró en seco, dió media vuelta, e intentó marcharse por donde había venido; pero al sentirse dominado, se puso de manos, y hubiera concluído por tirar al suelo a la mujer, si ella misma no se apea con ligereza. La mujer traía el cuerpo enteramente envuelto en los amplios vuelos de una capa de hombre. Corrí a prestarle ayuda, cuando, al volver hacia mí su rostro, reconocí en el acto las finas y correctas facciones de Antonia, hija de mi guía, a quien yo había visto en Badajoz. Sin dirigirme la palabra, se acercó a su padre y le dijo en voz baja algo que no pude percibir. Antonio se echó atrás, con un estremecimiento, y vociferó: «¡Todos!» «Sí», respondió ella en voz más alta, repitiendo probablemente las palabras que antes no pude cazar: «A todos los han cogido.»
El gitano se quedó consternado, al parecer; y como yo no tenía ninguna gana de asistir a una conversación que, probablemente, iba a versar sobre los asuntos de Egipto, me aparté de allí, metiéndome entre los matorrales. Estuve solo un buen rato; a veces llegaban hasta mí exclamaciones y juramentos. A la media hora volví; los gitanos se habían salido del camino, y estaban sentados en el suelo, detrás de las mismas retamas que ocultaban a las caballerías. Torvo el semblante, el gitano empuñaba un cuchillo desnudo, y de vez en cuando clavábalo en la tierra, exclamando: ¡Todos! ¡Todos!
—Hermano—dijo al fin—no puedo ir ya más lejos contigo; el asunto que me llevaba a Castumba está ya arreglado. Desde ahora viajarás solo y entregado a tu bají.
—Confío en Undevel[124]—contesté—que escribió mi destino mucho tiempo ha. Pero, ¿cómo voy a arreglarme sin caballo? Porque, sin duda, tu necesitarás el tuyo.