Era ya muy entrada la tarde. El gitano, echado detrás de un matorral, se levantaba a veces para mirar afanosamente a la colina que teníamos delante; al cabo, lanzando una exclamación de contrariedad y de impaciencia, se dejó caer al suelo, y en él estuvo tendido mucho rato, absorto, al parecer, en sus reflexiones; por último, levantó la cabeza y me miró a la cara.
Antonio.—Hermano, no puedo adivinar asuntos que te traen a esta tierra.
Yo.—Quizás los mismos que te traen a este despoblado; asuntos de Egipto.
Antonio.—No tal, hermano. Es verdad que hablas la lengua de Egipto; pero ni tus maneras ni tus palabras son las de un Caló ni de un Busné.
Yo.—¿No me oíste hablar en los foros acerca de Dios y Tebleque?[122] He venido a tierras de España para explicar la palabra divina a los Calés y a los gentiles.
Antonio.—¿Y quién te envía con esa misión?
Yo.—No me entenderías aunque te lo dijese. Has de saber, sin embargo, que muchas gentes de países extranjeros lamentan las tinieblas en que yace España, y las crueldades, robos y muertes que la afean.
Antonio.—Esas gentes, ¿son Caloré o Busné?
Yo.—¿Qué más da? Los Caloré y los Busné son hijos del mismo Dios.
Antonio.—Mientes, hermano; ni vienen del mismo padre ni son del mismo Errate. Hablas de robos, crueldades y muertes; pero es que hay demasiados Busné, hermano; si no hubiera Busné, no habría ni robos ni muertes. Los Caloré no se roban ni se matan unos a otros; los Busné, sí; ni son crueles con los animales, porque su ley se lo prohibe. Un día, siendo yo chico, pegué a una burra; pero mi padre me sujetó la mano, y, reprendiéndome, dijo: «¡No hagas daño a ese animal, porque dentro de él está el alma de tu propia hermana!»