Otra vez le mostré la firma, que estuvo contemplando con profunda reverencia, y hasta le hizo un rápido saludo con la gorra. Después, nos dimos un abrazo y nos separamos.
Monté a caballo y guié hacia el despoblado, marchando, al principio, muy despacio. Pero, en cuanto me vi en el campo, puse el caballo al trote largo, y, durante cierto tiempo, anduve con tremendo compás, esperando alcanzar al gitano de un momento a otro; sin embargo, no le veía por ninguna parte, ni me encontré a un solo ser humano. El camino, angosto y arenoso, serpenteaba entre las espesas retamas y chaparros que cubrían el despoblado, tan altos, a veces, como un hombre. Al fondo, en la dirección que yo llevaba, había un cerro alto y desnudo. El despoblado tenía lo menos tres leguas; lo atravesé casi todo, acercándome ya al pie del cerro, y, cuando empezaba a sentirme muy intranquilo, pensando que acaso me había dejado atrás al gitano, metido entre los chaparros, oí súbitamente un ¡Hola! muy conocido, y vi aparecer en medio de unas matas de retama una cabeza ruda y atezada, y unos ojos que me miraban con fijeza.
—Mucho has tardado, hermano—me dijo—. Casi he creído que me habías engañado.
Me rogó que me apease, y llevó el caballo detrás de un espesar, donde estaba la mula atada a una estaquilla. Entregué a Antonio el pan y la cebada, y le referí lo sucedido con el nacional.
—Quisiera tenerle aquí—exclamó el gitano al oír los epítetos que el otro le había prodigado—para que mi chulí[120] y su carló[121] se conociesen mejor.
—¿Y qué haces aquí, en este desierto, entre estas matas?
—Estoy esperando un emisario que ha de venir de muy lejos, y hasta que pase no puedo seguir adelante ni retroceder. Estoy aquí por los asuntos de Egipto, hermano.
Como esta era la expresión que invariablemente empleaba para esquivar mis preguntas, guardé silencio. Dimos pienso a los animales, y luego hicimos nosotros una frugal colación de pan y vino.
—¿Por qué no guisamos esas perdices?—pregunté—. Aquí hay de sobra con qué encender lumbre.
—El humo podría descubrirnos, hermano—dijo Antonio—. Me interesa estar escondido aquí hasta que llegue el emisario.