Yo.—Tendré mucho gusto en dar a un caballero tan cortés y tan honrado como usted todas las noticias que sepa.
Nacional.—¿Qué hace Inglaterra? ¿Va, al fin, a prestar ayuda a mi país? Si ella quisiera, podía acabar la guerra en tres meses.
Yo.—No se preocupe, señor nacional. La guerra se acabará, sin duda ninguna. ¿Ha oído usted hablar de la legión inglesa que milord Palmerston ha enviado a España? Pues deje usted el asunto en sus manos, y no tardará en ver los resultados.
Nacional.—Me parece a mí que ese Caballero Balmerson debe de ser un hombre muy cabal.
Yo.—Eso no tiene duda.
Nacional.—He oído decir que es un gran general.
Yo.—Tampoco eso tiene duda. En algunas cosas ni Napoleón ni El Serrador pueden medirse con él. Es mucho hombre.
Nacional.—Me agrada oírlo. ¿Vendrá a mandar la legión en persona?
Yo.—Creo que no; pero ha enviado para mandarla a un amigo suyo que pasa por ser casi tan versado en cosas militares como él.
Nacional.—Mucho me complace oírlo. Veo que la guerra acabará pronto. Caballero, le agradezco su cortesía y las noticias que me ha dado. Le deseo un viaje feliz. Confieso que me sorprende ver a un caballero de su país de usted viajar solo y de esa manera por estas regiones. Los caminos están muy poco seguros, y han ocurrido, no hace mucho, varios accidentes y más de dos muertes en las cercanías. El despoblado tiene malísima fama; vaya usted prevenido, Caballero. Siento que el gitano ese haya podido pasar; si se le encuentra usted, al menor gesto sospechoso péguele un tiro o atraviésele sin vacilar; es un ladrón muy conocido, contrabandista y asesino; más muertes ha hecho que dedos tiene en las manos. Caballero, si usted me lo permite, le proporcionaremos una escolta hasta la bajada del puerto. ¿No quiere usted? Entonces, ¡adiós! Un momento: antes de marcharme, deseo ver de nuevo la firma del Caballero Balmerson.