—Vengo de Badajoz y Trujillo—respondí—. ¿Por qué me lo pregunta usted?
—Soy de la guardia nacional—contestó el hombre—, y estoy encargado de vigilar a los forasteros; me han dicho que un gitano acaba de pasar a caballo por el pueblo; su suerte ha sido que en aquel momento había entrado yo en mi casa. ¿Viene usted con él?
—¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos?
El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos en el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí, señor; bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para disponer a la gente en mi favor. Llevaba un sombrero andaluz muy viejo, que, por su estado, parecía como si le hubiesen pisoteado; una capa mugrienta, que acaso había servido a doce generaciones, me cubría el cuerpo; lo demás de mi atuendo no era de mejor calidad, y todo lo que de él parecía estaba manchado de barro, y de barro llevaba también salpicado el rostro, sombreado además por una barba de ocho días.
—¿Tiene usted pasaporte?—me preguntó al fin el nacional.
Recordé haber leído que el mejor modo de conquistar la voluntad de un español es tratarle con ceremoniosa cortesía. Eché, pues, pie a tierra, y, quitándome el sombrero, hice una profunda reverencia al soldado constitucional, diciéndole:
—Señor nacional, ha de saber usted que yo soy un caballero inglés que viaja por su gusto. Tengo pasaporte, y, en cuanto usted lo examine, verá que se halla perfectamente en regla; está expedido por el gran Lord Palmerston, ministro de Inglaterra, de quien naturalmente habrá usted oído hablar; al pie del pasaporte está su firma manuscrita; véala y regocíjese, porque acaso no vuelva a presentársele a usted otra ocasión de verla. Como yo tengo ilimitada confianza en el honor de todos los caballeros, dejaré el pasaporte en manos de usted mientras voy a comer a la posada. Cuando le haya usted revisado, será usted seguramente tan amable que vaya a devolvérmelo. Caballero, beso a usted la mano.
Le hice una nueva reverencia, que él me pagó con otra más profunda todavía, y, mientras miraba tan pronto al pasaporte como a mi persona, me fuí a la posada, guiado por un mendigo que hallé al paso.
Di un pienso al caballo y me proveí de pan y de cebada, como el gitano me aconsejó; compré también tres hermosas perdices a un cazador que estaba bebiendo vino en la posada. Quedó muy contento con el precio que le pagué, y me invitó a tomar una copita; acepté, y hablando estábamos, sentados a la mesa, cuando llegó el nacional con mi pasaporte en la mano, sentándose a nuestro lado.
Nacional.—¡Caballero! Le devuelvo a usted el pasaporte; está completamente en regla. Me alegro mucho de haberle conocido, y espero que me dará usted ciertas noticias acerca de la guerra.