Estaba saliendo el sol cuando me desperté. Me costó bastante trabajo ponerme en pie; tenía los miembros entumecidos, y la cabeza cubierta de escarcha; durante la noche había cesado de llover, y la helada era bastante fuerte. Miré en torno, y no vi a Antonio ni a los otros gitanos. Las caballerías de estos últimos habían desaparecido, y también el caballo que montaba yo; pero la mula de Antonio permanecía aún atada al árbol. Esta circunstancia disipó ciertos temores que empezaban a surgir en mi ánimo. «Se habrán ido a los asuntos de Egipto—me dije—, y no tardarán en volver.» Recogí como pude los rescoldos de la hoguera, y, amontonando un poco de leña, pronto se alzó viva llama, a la que arrimé el puchero con los restos de la cena de la noche pasada. Mucho tiempo estuve esperando a que volviesen mis compañeros; pero como no asomaban por parte alguna, me senté y me puse a comer. No había terminado, cuando oí el ruido de un caballo que se acercaba rápidamente, y, un momento después, apareció Antonio entre los árboles dando muestras de agitación. Se tiró del caballo, y al instante se puso a desatar la mula. «¡Monta, hermano, monta!»—dijo mostrándome el caballo—. «Iba con la Callee y los chabés al pueblo donde su ro está preso; pero el chinobaró[119] los ha cogido, con las caballerías, y me hubiera echado mano a mí también; pero metí espuelas al grasti, le solté las riendas y escapé. Monta, hermano, monta, o en un abrir y cerrar de ojos tendremos aquí a toda la canaille rústica.»

Hice como me ordenaba; en seguida salimos al camino del día anterior, y corrimos por él a toda prisa; el caballo sacó su trote más veloz, y la mula, con las orejas tiesas, galopaba intrépidamente a su lado.

—¿Qué pueblo es aquel que hay allí?—pregunté señalando a un cerro, cuando llevábamos una hora de camino, y al disponernos a entrar en un valle profundo.

—Es Jaraicejo—dijo Antonio—. Un sitio que ha sido siempre malo para la gente Caló.

—Pues, si es malo, supongo que no pasaremos por él.

—No tenemos más remedio que pasar, por varias razones: primera, porque el camino atraviesa Jaraicejo; y segunda, porque necesitamos comprar provisiones para nosotros y las bestias; al otro lado de Jaraicejo hay un despoblado donde no encontraríamos nada.

Cruzamos el valle, subimos el cerro, y, cuando estábamos cerca del pueblo, el gitano dijo:

—Hermano, lo mejor es pasar por el pueblo separados. Yo iré delante; sígueme poco a poco, y, una vez en Jaraicejo, compras pan y cebada; tú no tienes nada que temer. En el despoblado te espero.

Sin aguardar mi respuesta arrancó presuroso, y no tardé en perderle de vista. Seguí mi camino muy despacio, y entré en el pueblo, asaz viejo y ruinoso; apenas tenía más que una calle, y al avanzar por ella, vino a mí corriendo un hombre con una sucia gorra de cuartel en la cabeza y un fusil en la mano.

—¿Quién es usted?—me dijo en tono algo desapacible—. ¿De dónde viene usted?