No me hizo mucha gracia la resolución del gitano, lo confieso; tenía yo muy poca gana de marcharme de Trujillo y aventurarme por sitios desconocidos, de noche, con lluvia y niebla, porque el viento se había echado y el agua caía otra vez con fuerza. Estaba, sobre todo, cansadísimo, y lo que más me apetecía era tumbarme en un abrigado pesebre y entregarme al sueño arrullado por el agradable rumor de caballos y mulas comiéndose el pienso. Pero, como viajero experimentado, me guardé muy bien de disputar con mi guía en tales circunstancias, y una vez que me había puesto en sus manos, le seguí sin replicar, pegado a la grupa de su cabalgadura, alumbrados tan sólo por el fulgor del cigarro del gitano; cuando Antonio escupió la colilla en un lodazal, quedamos en profundas tinieblas.

Mucho tiempo caminamos de ese modo: el gitano, en silencio; yo, callado; y la lluvia, cada vez más densa. Algunas veces me parecía oír gritos lúgubres, algo así como el silbido de la lechuza. «Hace una noche poco a propósito para andar por el campo»—dije por fin a Antonio—. «Así es, hermano—me contestó—. Pero prefiero andar por estos sitios en noches como ésta a verme en el estaripel de Trujillo».

Otra legua por lo menos llevaríamos andada cuando me pareció que debíamos de estar cerca de un bosque[115], porque de vez en cuando distinguía grandes troncos de árboles. Súbitamente, Antonio detuvo la mula. «Hermano—me dijo—, mira hacia la izquierda y dime si ves una luz; tus ojos ven más que los míos.» Hice como me ordenaba, y, al pronto, nada vi; pero, adelantándome un poco, percibí claramente a cierta distancia entre los árboles un fuerte resplandor. «Lo que veo no puede ser una luz—dije—, sino la llama de una hoguera.» «Es lo más probable»—respondió Antonio—. «Por aquí no hay queres[116]; se trata, sin duda, de una hoguera encendida por durotunes[117]. Vamos a buscarlos, porque, como dices tú, es lastimoso andar de noche con lluvia y lodo.»

Nos apeamos, entrándonos por el bosque, guiando con cuidado a las caballerías por entre los árboles y matorrales. A los cinco minutos llegamos a una plazoleta, en la que, en el lado opuesto al de nuestra llegada, ardía una hoguera, y en pie, o sentadas junto a ella, estaban dos o tres personas; nos habían oído acercarnos, y una de ellas gritó: «¿Quien vive?» «Yo conozco esa voz»—dijo Antonio—; y, dejándome allí con el caballo, avanzó rápidamente hacia la hoguera. Al instante oí un ¡hola! y una risotada, y, poco después, la voz de Antonio llamándome. Me acerqué a la hoguera, y encontré a dos mozos muy atezados y una mujer, como de cuarenta años, aún más negruzca, sentada en las mantas y enjalmas de las mulas. Vi también un caballo y dos burros atados a los árboles. Aquello era, en efecto, un vivac gitano... «Adelante, hermano, y déjate ver—me dijo Antonio—. Estás entre amigos. Estos son del Errate, los que yo buscaba en Trujillo, y en cuya casa hubiéramos dormido.»

—¿Y por qué razón se han marchado de Trujillo y se han venido al monte a pasar una noche como esta?

—Por los asuntos de Egipto, hermano; no lo dudes—replicó Antonio—. Y esos asuntos no nos importan; ¡calla [la] boca! Ha sido una suerte que los encontremos aquí, porque en otro caso no hubiéramos tenido cena nosotros ni pienso los caballos.

—Mi ro está preso en un pueblo que hay ahí—dijo la mujer, señalando con la mano en una dirección determinada—. Está preso por choring una mailla[118]. Hemos venido a ver qué podemos hacer por él; ¿y dónde íbamos a alojarnos mejor que en el monte, que no se paga nada? Me figuro que no será la primera vez que el Caloré ha dormido al pie de un árbol.

Uno de los muchachos trajo cebada para las caballerías en un talego, que colgamos sucesivamente de la cabeza del caballo y de la mula; en él metieron el hocico los pobres animales, y los dejamos regalarse hasta que nos pareció que habían saciado el hambre. Arrimado a la lumbre borbotaba un puchero, medio lleno de tocino, garbanzos y otras sustancias; vaciáronlo en una escudilla de madera, y Antonio y yo cenamos. Los otros gitanos se negaron a acompañarnos, dándonos a entender que habían comido antes que llegásemos; pero hicieron cumplido honor a la bota de Antonio, que tuvo la precaución de llenarla antes de salir de Mérida.

Estaba yo a tales horas completamente rendido de cansancio y de sueño. Antonio me arrojó una inmensa manta de caballo que llevaba, con otras varias, debajo del albardón de la mula; me arropé bien, y me eché en el suelo, con la cabeza apoyada en un lío de ropa, y los pies todo lo cerca que pude ponerlos de la lumbre.

Antonio y los otros gitanos se quedaron sentados y hablando alrededor de la hoguera. Escuché un poco; pero no los entendía bien, y lo que entendía no me importaba. La llovizna continuaba; pero no hice gran caso de ello, y no tardé en dormirme.