—Está bien—contestó Antonio—; y, arreando a la mula, rápidamente me dejó atrás.
Tiré del freno al caballo, por buscarle el genio, y el animal se detuvo, se puso de manos, y se negó a seguir adelante. «Suéltale las riendas y tócale con el látigo»—me gritó Antonio—. Así lo hice, y en el acto el caballo salió al trote, que paulatinamente fué aumentando en rapidez hasta convertirse en un frenético trote largo; sus remos recobraron toda su agilidad, y meneaba las manos de un modo maravilloso. La mula de Antonio, de genio y ligera, trató de seguirle por un momento; pero, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó muy atrás. Aquel tremendo trote duraba ya una milla, cuando el caballo, entrando cada vez más en calor, salió de pronto al galope. ¡Viva! Corríamos más impetuosos y ciegos que una liebre; iba el caballo, literalmente, ventre à terre, y me costó mucho trabajo guiarle entre los pedruscos, contra los que nos hubiéramos hecho pedazos los dos si llega a dar un tropezón en su furiosa carrera.
Así me llevó hasta el pie del cerro, donde aguardé a que el gitano me alcanzara. Dejamos a nuestra derecha el cerro, que parecía inaccesible, y pasamos por una aldehuela mísera. Se puso el sol; la noche nos envolvió en tinieblas, pero nosotros continuamos la marcha casi tres horas más, hasta que oímos ladrar perros y percibimos dos o tres luces a lo lejos.
—Este es Trujillo—dijo Antonio, que llevaba largo rato sin hablar.
—Me alegro mucho—contesté—. Estoy muy cansado y dormiré bien en Trujillo.
—Eso será si podemos—dijo el gitano, avivando el paso de la mula.
No tardamos en entrar en la ciudad, muy triste y oscura. Sin saber adonde íbamos, seguí los pasos del gitano, que me guió por calles y plazas lóbregas, donde maullaban los gatos. «Esta es la casa»—dijo al fin, apeándose ante una humilde choza—. Llamó, y no le contestaron; volvió a llamar, y tampoco hubo respuesta; sacudió la puerta, y trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave y bien atrancada. «¡Caramba!—exclamó—. No están; ya me lo temía yo. ¿Qué vamos a hacer ahora?»
—En eso no hay gran dificultad. Si tus amigos no están, vámonos a la posada.
—No sabes lo que dices—replicó el gitano—. Yo no me atrevo a ir a la mesuna[113] ni a entrar en más casa de Trujillo que ésta. Bueno, no hay remedio, seguiremos el viaje, y, entre nosotros, cuanto antes mejor; a mi planoró[114] le ahorcaron en Trujillo».
Echó yesca, encendió un cigarro, montó en la mula, y anduvimos por calles y callejuelas tan tristes como las que ya habíamos atravesado, no tardando en vernos de nuevo fuera de poblado.