—¡El Bengui[109] quiere llevarnos al estaripel![110]—refunfuñó la abuela—. ¡Jo, jo, jo!

Las tres mujeres se levantaron y dieron muy despacio una vuelta en torno del alguacil, mirándole fijamente a la cara; el hombre pareció muy asustado, y pensó en la fuga. De pronto, las dos más jóvenes le agarraron por las manos, y mientras él forcejeaba para soltarse, la vieja le decía:

—Necesitas tabaco, hijo, y vienes a casa de los gitanos para asustar a las Callees y al Caloró forastero, que no tienen más plako[111]; la verdad, hijo, no podemos darte tabaco, y lo siento mucho; pero, en cambio, tenemos polvo abundante a tu servicio.

Al decir esto, se metió la mano en un bolsillo, y, sacando un puñado de una especie de polvo de tabaco, se lo arrojó a los ojos al alguacil; pateaba éste y bramaba, pero las dos Callees le sujetaban fuertemente. Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró abandonando el sombrero y la capa, que la chabí recogió y tiró a la calle detrás de él.

—Este es un mal asunto—dije yo—. El tipo ese irá, naturalmente, a buscar a demás de la justicia, y vendrán para meternos en el estaripel.

¡Ca!—dijo la Callee negra mordiéndose la uña del dedo pulgar—. Tiene más motivos para temernos que nosotras a él. Podemos mandarle a la filimicha, y, sobre todo, tenemos aquí amigos, muchos, muchos.

—Sí—murmuró la vieja—. Las hijas del bají tienen amigos, mi Caloró de Londres, entre los Busné, baributre, baribú[112].

Ninguna otra cosa digna de mención me ocurrió en la casa de los gitanos. Al día siguiente, Antonio y yo cabalgamos de nuevo. Lo menos recorrimos trece leguas antes de llegar a la venta, donde dormimos. Al otro día madrugamos mucho, porque, según dijo Antonio, teníamos que hacer una jornada muy larga. «¿Adónde vamos hoy?—pregunté—.» «A Trujillo.»

Cuando el sol salió, tristemente, entre nubes que amenazaban lluvia, nos hallábamos en las inmediaciones de una cadena de montañas que corría a nuestra izquierda, llamada, según me dijo Antonio, Sierra de San Selvan. El camino atravesaba vastas llanuras, donde crecían arbustos raquíticos. De vez en cuando veíamos alguna triste aldea, con su iglesia antigua y destrozada. Casi todo el día estuvo lloviznando; el polvo de los caminos se hizo barro, y nuestra marcha fué más penosa. Al atardecer salimos a un yermo sembrado de enormes peñas y pedruscos. El sitio era muy agreste. A cierta distancia se elevaba ante nosotros una colina de forma cónica, muy escabrosa, que parecía ser ni más ni menos que un gigantesco rimero de piedras de igual clase que las esparcidas por el yermo. La lluvia cesó, pero un viento muy fuerte se alzó gemebundo a nuestra espalda. Mucho trabajo me había costado durante todo el viaje marchar al mismo compás que la mula de Antonio; mi caballo era de paso lento, y no descubrí ni el menor vestigio del genio que, según el gitano, dormitaba en él. Al llegar a un sitio bastante despejado, dije:

—Voy a probar si este caballo tiene alguna de las cualidades que me has dicho.