—Aunque me dierais doscientos sesenta. ¡Meclis, meclis![17], no digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con vosotros.
—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el gitano.
—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería una jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la cuenta.
—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a traerle lo que usted necesita.
Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los ojos.
—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España.
—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté.
—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su Andalou de usted.
—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo.
—Señor, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a su Andalou de usted.