Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y regado por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No he visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado de montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas y variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra, abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un poco de agua. Respondió que me la traería, a condición de pagarla. Antonio, al oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco y el español, invocó la venganza de la Panhagia sobre aquella mujer sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí mi ruego, después de dar a la mujer dos cuartos; tomó entonces un cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable; pero calmó la sed febril que me devoraba.
Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca; con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie. Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, y la atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los árboles templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante frescura que subía del agua o las suaves brisas que a intervalos murmuraban en las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida o dormían a la sombra y sobre la hierba una siesta deliciosa. Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me dijeron que no podían, siendo pobres, comprar libros. Me levanté, monté a caballo, y al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.» Oído esto por el joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando: «Cáspita, ¡qué cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y me pagó el precio que le había pedido.
Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en las montañas de Bembibre.
Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre, pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto, para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno, inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano, sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio sin límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles en comparación; cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube parecía estar en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo el aldeano al juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias estarán llorando a estas horas; aun a seis leguas de distancia mi mula se ha cegado con el resplandor.» Llevaba por la brida al animal, que, en efecto, parecía dañado en la vista. «Si los frailes estuviesen aún en su nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto es obra suya, porque ellos son los causantes de todas las desgracias de esta tierra.»
Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a media ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso peñasco, pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre el camino, como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno de los arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, a los que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la tenaz persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y desde los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan por encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un edificio consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus muros y techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es la casa de la Virgen de las Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba llena de frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que lechuzas y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la vida en una mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se correría grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me respondió—. Tenían toda la leña que querían para sus braseros y chimeneas, y mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada frugales. Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se retiraban cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su aversión a los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y que año tras año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando de ese modo llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento, y allí me dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra, con una imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según dijo, a la canalla de allá arriba.
El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media, no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en rápida y tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo había un puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por una ancha garganta se abría paso entre dos montañas. La cordillera estaba allí tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha, pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente, al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad. Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil, engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano.
Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía el silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a veces el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que estaba en España, tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y de la facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser víctimas suyas.
Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado. En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de Villafranca.
Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente día en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, exponiéndonos a los horrores de la obscuridad en un camino solitario y desconocido. Tomé el partido de quedarme, pero no había contado con la huéspeda: en la primera posada a que llamé respondieron que no podían admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra estaba llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que dos—una tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras de la Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.» En realidad, no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada tenía pobrísimo aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos manotear contra la puerta, como si implorasen la entrada.
Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas. Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de una peseta, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de prisa.