Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy atrás.

Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de espaldas. No sé cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta entonces en la soledad ni en las tinieblas, me invadió súbitamente. Me disponía a hacer andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha, y escuché con atención. El ruido parecía el de una o varias personas, abriéndose camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí pasos en el camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que transportan un objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me pareció oír la respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo una breve pausa, durante la que me pareció que descansaban en medio del camino. Luego se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado, y de nuevo oí los crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y gradualmente se desvaneció.

Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me gritó a corta distancia: «¿Quién vive?»; al fin había dado con el camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal, uno de esos singulares migueletes, medio soldados, medio guerillas que en general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones los caminos. Di la respuesta usual: «España», y me acerqué al lugar donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes. Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó, para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas), con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso. Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados y desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna de Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por las desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos luz y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie de foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos; nos abrió un viejo, que por su traje me pareció un hornero, y no me equivoqué; en razón de su oficio estaba levantado a tales horas. Le rogamos que nos indicase el camino para entrar en la ciudad, y echó delante de nosotros por una angosta callejuela que arrancaba junto a su casa, diciendo que él mismo iba a llevarnos a la posada.

La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la del mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo. «No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos, porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio. «¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero; llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento haberle hecho a usted esperar; en seguida abro».

Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre las rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y entramos.


CAPÍTULO XXV

Villafranca.— El puerto.— Simplicidad gallega.— La guardia de la frontera.— La herradura.— Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre el idioma.— El correo.— El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces.

¡Ave María!—dijo la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el relojero.—Que sea Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la pagaremos.—Nuestro primer cuidado fué estabular los caballos, que estaban agotados; después tratamos de instalarnos lo mejor posible. La casa era grande y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí en el suelo de una habitación sobre los colchones que trajo la posadera, y en menos de un minuto me quedé profundamente dormido.

Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado, llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos lados.—¡Quel pays barbare!—dijo Antonio—, al reunirse conmigo. Cuanto más lejos vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme miedo el viaje a Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas montañas; se despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y subí a la muralla de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por donde habíamos entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito con luz del sol que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la ciudad parecía estar herméticamente cerrada.