Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos se habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto de Fuencebadón.

Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España; a todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo. El viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el curso del torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios, descienden en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de hermosos árboles: robles, álamos y castaños. Al principio se ven numerosas aldehuelas de casas bajas, con techumbre de inmensas pizarras y aleros que casi tocan al suelo. Las aldeas son menos frecuentes a medida que el camino es más estrecho y escarpado, hasta que por último desaparecen poco antes del sitio en que el camino se aparta del riachuelo para no verlo más, si bien se oye todavía a sus tributarios mugir en el fondo de las ramblas, o se los ve caer en delgados chorros por los barrancos abajo. Todo es allí de insólita y agreste belleza. La eminencia por donde trepa el camino se yergue a la derecha, mientras en el extremo opuesto de un profundo barranco se alza una montaña inmensa, a cuya cima apenas alcanza la vista. Pero lo más singular del puerto son los campos o praderas suspendidos en las vertientes. Cubiertos estaban, cuando yo pasé, de exuberante hierba, y en muchos de ellos los segadores guadañaban, aunque parecía imposible que un hombre pudiera tenerse en pie en terreno tan escarpado; los senderillos que corren en todas direcciones parecen hilos tendidos en la falda de la montaña. Un carro de bueyes va serpenteando en torno de un pico elevadísimo; una de las ruedas queda por completo al aire sobre la espantosa pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay que apartar la vista con rapidez. Una nube se interpone; cuando volvemos a mirar, los objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada vez más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio de la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.

Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas son las nieblas que los gallegos llaman bretima—dijo Antonio—, y abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en Galicia?»—pregunté. «Non, mon maître; pero he servido en muchas casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los gallegos?» «En manera alguna, mon maître; los hombres, en general, parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al filou más listo de París; respecto de las mujeres es imposible vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son camareras y acompañan a la señora; no hacen más que mover disensiones y disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya he perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa de las camareras gallegas. Ya estamos en la raya, mon maître; me parece que este pueblo debe de ser ya de Galicia».

Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local, parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios. Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con mucho afecto, llamándole companheiro. «¿De qué conoce usted a esta gente?», le pregunté en francés. «Ces messieurs sont presque tous de ma connoissance»—contestó—, et, entre nous, ce sont de véritables vauriens; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos ser amables con ellos, mon maître; hay que darles vino, o se ofenderán. Los conozco, mon maître; los conozco. ¡Hola! Posadero, traiga una azumbre de vino.»

Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo; tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde. A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?», pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.

El mozo de cuadra.—Sí, senhor; pero supongo que traerá usted consigo herraduras, porque si no, a este caballo tan grande no lo herrarán en el pueblo.

Yo.—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el herrador no sabe su oficio? ¿No puede poner una herradura?

El mozo de cuadra.—Sí, senhor, puede poner una herradura si usted se la proporciona; pero en Galicia no hay herraduras para caballos, al menos por estos sitios.

Yo.—¿No es costumbre aquí herrar a los caballos?

El mozo de cuadra.—Senhor, en Galicia no hay caballos; no hay más que jacas; los que traen caballos a Galicia—sólo un loco puede hacer tal—tienen que traer también un repuesto de herraduras, porque aquí no las hay de ese tamaño.