Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas delante del correo brillaba en las armas de varios soldados, formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas; marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh! ¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, vaya, no lo sabía; yo también soy cordobés. ¡Pobrecito! Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco que es paisano mío. La verdad, matarle... ¡Vaya!, me gustaría ver al gallego del demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro, yo lo creo: ni aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que usted ha estado en Córdoba; vaya, hágame el favor de aceptar este cigarro.»

De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las coplas que oí decía, sobre poco más o menos:

Duro tiene el corazón Con Carlos, viejo cruel, y sólo seis años cuenta, niña inocente, Isabel.

Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de doscientas o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas en mulas o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de Antonio. Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. El país era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que habíamos atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido en pequeños campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se relevaba la escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. La mayor parte de las veces los pueblos eran un conjunto de miserables chozas, con techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta frecuentemente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol delante de las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes cerdos pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de las chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de suciedad y miseria.

Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres últimas leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi pasada enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando en la silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos alojamos en una vasta posada extramuros de la ciudad, edificada en una elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.

Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de una familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje, escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa: se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y ocho años. Un individuo de miserable aspecto, de chaqueta y sombrero de copa alta, les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando; todos parecían muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de mediana edad, de buena presencia.

—¿Podremos alojarnos en esta fonda?—preguntó con dulce voz al dueño.

—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande. ¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?

—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.

El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente, preguntó si les servía.