—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.

—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para su merced y su familia?

—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo poco que necesitamos.

Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe de los carabineros con una peseta. El hombre estuvo medio minuto contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un brusco ¡vamos!, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se fué con los hombres a sus órdenes.

—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y que ocupaba todo aquel frente.

—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son andaluces.

A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada por los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.

Señor patrón—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde puedo comprar un poco de aceite?

—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo queremos ganar un cuarto, puede usted ir a comprarlo a la calle. Es lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se fué a su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un gazpacho para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un cuarto vendiéndoles el aceite para el gazpacho. Una cosa le aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí por cierto; y para el caso, el agua también.