CAPÍTULO XXVI
Lugo.— Los baños— Una historia de familia.— Los Migueletes.— Las tres cabezas.— Un veterinario.— La escuadra inglesa.— Venta de testamentos.— La Coruña.— El reconocimiento.— Luigi Pozzi.— La especulación.— John Moore.
En Lugo encontré un librero rico para quien me habían dado en Madrid una carta de recomendación. De buen grado se encargó de la venta de mis libros. El Señor se dignó favorecer los humildes esfuerzos que por su causa hice en Lugo. Treinta ejemplares del Nuevo Testamento llevé allí, y en un solo día se vendieron. El obispo de la ciudad—Lugo es sede episcopal—compró para sí dos ejemplares, y varios curas y frailes exclaustrados, en lugar de seguir el ejemplo de sus hermanos de León persiguiendo la obra, hablaron bien de ella y recomendaron su lectura. Ante la gran demanda que hubo me apesadumbró que mi repuesto de libros estuviese exhausto; si hubiera podido reponerlo, se habrían vendido cuatro veces más libros en los pocos días que permanecí en Lugo.
Lugo cuenta unos 6.000 habitantes. Está situado en una elevación del terreno; antiguas murallas lo defienden. Carece de edificios notables; la misma catedral es de poca importancia. En el centro de la ciudad se encuentra la plaza del mercado, ligera y alegre, sin las macizas y pesadas fábricas que los españoles, así en tiempos pasados como en los modernos, acostumbran levantar en torno de sus plazas. Es cosa singular que Lugo, ciudad de muy escasa importancia en nuestros días, fuese en otros tiempos capital de España[21]; tal ocurría en la época de los romanos, que, por ser un pueblo no muy dado a guiarse por el capricho, tendría, sin duda, razones muy valiosas para preferir esa localidad.
Hay muchas reliquias romanas en las cercanías; la más importante son las ruinas de las antiguas termas medicinales en la ribera Sur del Miño, que serpentea por el valle al pie de la ciudad. En esos sitios, el Miño es un río con altas y escarpadas márgenes, muy pobladas de árboles.
Una tarde visité los baños en compañía de mi amigo el librero. Fueron construídos sobre unos manantiales calientes que vierten su caudal en el río. A pesar de su estado ruinoso se hallaban atestados de enfermos, que esperaban mejorar con las aguas, famosas todavía por sus cualidades salutíferas. Extraño espectáculo ofrecían los pacientes, vestidos con túnicas de franela muy parecidas a mortajas, sumergidos en el agua caliente, entre los sillares desencajados, envueltos en nubes de vapor.
Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en el corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la casa. El cielo estaba despejado, y el sol radiante animaba con su luz todas las cosas. De pronto se abrió la puerta del aposento ocupado por los forasteros, y salió toda la familia, con excepción del padre, quien, supuse yo, debía de estar fuera ocupado en sus asuntos. El mísero criado cerraba la marcha, y al salir de la habitación cerró cuidadosamente la puerta y se guardó la llave en el bolsillo. El hijo y las once hijas iban muy bien vestidos: el muchacho, con pantalón y chaqueta de corte inglés; las muchachas, de blanco inmaculado. La familia era, en general, bien parecida, de ojos negros y tez olivácea; pero la hija mayor era de notable hermosura. Se colocaron en los bancos del corredor, y el desarrapado doméstico se sentó con sus amos sin ceremonia alguna. Estuvieron un buen rato callados, mirando con ojos desconsolados las casas del arrabal y los pardos muros de la ciudad, hasta que la hija mayor, o señorita, como la llamaban, rompió el silencio con un «¡Ay, Dios mío!»
El criado.—¡Ay, Dios mío! A bonita tierra hemos venido a parar.
Yo.—No veo por qué les parece a ustedes tan malo un país que por su naturaleza es el más rico y abundante de toda España. Cierto que la generalidad de los habitantes están en la miseria; pero la culpa es suya, no de la tierra.
El criado.—Caballero, el país es horrible; no diga usted que no. Las señoritas, el señorito y yo estamos espantados; hasta su merced lo está también, y dice que hemos venido a esta tierra a expiar nuestros pecados. Todos los días llueve, y ésta es casi la primera vez que vemos el sol desde que llegamos. No cesa de llover, y no puede uno salir a la calle sin meterse en el fango hasta el tobillo, y luego no se encuentra una casa.