Yo.—No lo entiendo. Me parece que hay casas de sobra en la población.

El criado.—Dispense usted, señor. Ayer alquiló su merced una casa por tres reales y medio al día; pero cuando la señorita la vió se echó a llorar, y dijo que aquello no era una casa, sino una perrera; entonces su merced pagó la renta de un día y rompió el trato. ¡Tres reales y medio diarios! En nuestro país podríamos tener un palacio por ese dinero.

Yo.—¿De qué país vienen ustedes?

El criado.—Caballero, usted parece un señor muy decente y le voy a contar nuestra historia. Somos de Andalucía, y su merced era el año pasado recaudador general de contribuciones en Granada; tenía catorce mil reals de sueldo, con lo que nos dábamos traza para vivir bastante bien, sin perder las funciones de toros, y cuando no las había, las de novillos, y alguna que otra vez a la ópera. En una palabra: vivíamos con holgura y sin privarnos de diversiones; tanto, que su merced pensaba últimamente comprarle un caballo al señorito, que tiene catorce años, y ha de aprender a montar ahora o nunca. Pero el ministerio cambió, caballero, y los nuevos ministros, que no eran amigos de su merced, le quitaron el empleo. Caballero, desde aquella bendita tierra de Granada, donde nuestro sueldo era de catorce mil reals, nos han trasladado a Galicia, a esta fatal ciudad de Lugo, y su merced tiene que contentarse con diez mil, a todas luces insuficientes para sostener nuestras antiguas comodidades. ¡Adiós las funciones de toros y de novillos, y la ópera! ¡Adiós la esperanza de tener un caballo para el señorito! Caballero, estoy desesperado. ¡Calle, calle por amor de Dios; yo no puedo hablar más!

Conocida su historia, ya no me asombró que el recaudador general desease ahorrar un cuarto en la compra del aceite para su gazpacho y el de su familia de once hijas, un hijo y un criado.

Estuvimos en Lugo una semana y continuamos el viaje a La Coruña, distante unas doce leguas. Nos levantamos antes de rayar el día para aprovechar la escolta del correo, en cuya compañía hicimos unas seis leguas. Se hablaba mucho de ladrones y de partidas volantes de facciosos, razón por la que nuestra escolta era considerable. A unas cinco o seis leguas de Lugo, la guardia de soldados regulares fué relevada por un pelotón de cincuenta migueletes. Todos tenían aspecto de bandidos; pero nunca había visto yo gente de tan bárbara hermosura. Hallábanse todos en la flor de la edad; eran de elevada estatura, de miembros hercúleos; usaban recias patillas y caminaban con aire fanfarrón, como si provocaran el peligro y lo desdeñaran. Contrastaban sobremanera con los soldados que nos escoltaron hasta allí, pobres muchachos de diez y seis a diez y ocho años, sin vigor ni actividad. El traje peculiar de los migueletes, si a algo militar se parece, es al que usaban antiguamente los marinos ingleses. Llevan un sombrero característico y, generalmente, polainas; sus armas son el fusil y la bayoneta. El color de su vestido es de ordinario pardo obscuro. Guardan muy poca o ninguna disciplina, tanto en las marchas como en la acción. Son excelentes tropas irregulares, y en servicio de guerra se les emplea con singular utilidad como escaramuzadores. Sus funciones propias se asemejan, sin embargo, a las de la policía y están encargados de limpiar de ladrones los caminos, para lo cual se hallan en cierto respecto muy bien preparados, porque, en general, todos son ladrones durante alguna época de su vida. No es fácil decir por qué los llaman migueletes; lo más probable es que deriven su nombre del de un antiguo jefe. Tengo pocas noticias acerca de este cuerpo, y no puedo, por tanto, entrar en detalles; lo siento, porque sin duda ha de haber muchas cosas notables que decir acerca de él.

Cansado de la marcha lenta del correo, resolví adelantarme, arrostrando el peligro; cometí con eso una imprudencia no pequeña, pues estuve a punto de caer en manos de los ladrones. De súbito dos individuos se me plantaron delante apuntándome con sus escopetas, y las hubieran descargado sobre mí, probablemente, si no se llegan a asustar al oír el ruido del caballo de Antonio, que me seguía a muy corta distancia. El suceso ocurrió en el puente de Castellanos, lugar famoso por los robos y muertes que en él se hacían, y muy a propósito para tales empresas, porque está en el fondo de un profundo barranco, rodeado de agrestes y desoladas montañas. Un cuarto de hora antes tan sólo, había pasado yo junto a tres horribles cabezas clavadas en sendos palos al borde del camino; eran las de un capitán de ladrones y dos cómplices suyos, apresados y ejecutados dos meses antes. Su principal guarida eran las inmediaciones del puente; tenían por costumbre arrojar los cuerpos de sus víctimas a las profundas y negras aguas que corrían impetuosas por debajo. Aquellas tres cabezas no se borrarán jamás de mi memoria, particularmente la del capitán, puesta en un palo más alto que el de las otras dos: sus largos cabellos ondeaban al viento, y las facciones, ennegrecidas y torcidas, hacían, bañadas de sol, una mueca burlona. Los individuos que me echaron el alto eran restos de la cuadrilla.

Llegamos a Betanzos muy entrada la tarde. La ciudad está en una ría, a cierta distancia del mar y a unas tres leguas de La Coruña. Altas montañas la rodean por tres lados. Durante casi todo el día el tiempo estuvo cubierto y amenazador; al llegar a Betanzos, la densidad y pesadez de la atmósfera eran insoportables. Por todas partes los malos olores asaltaban nuestro órgano olfatorio. Las calles estaban muy sucias, las casas también, y singularmente la posada. Entramos en el establo; estaba sembrado de algas podridas y otros desperdicios, donde se revolcaban los cerdos. Alrededor zumbaban las moscas, muy gordas y asquerosas. «¡Esto es una peste!»—exclamé—. Pero no había otra cuadra, y tuvimos que atar los infelices animales a tan sucios pesebres. El único pienso que pudimos darles fué maíz. Al anochecer los llevamos a beber en el riachuelo que pasa por Betanzos. El entero bebió con ansia; pero al volver a la posada noté que estaba triste y que llevaba la cabeza caída. Apenas ocupó de nuevo su plaza, le acometió una tos muy honda y bronca. Recordé lo que me había dicho el mozo de cuadra en la montaña: «Es un loco el que trae un caballo a Galicia, y dos veces loco si trae un entero.» Durante la mayor parte del día el caballo anduvo en medio de un tropel de cien yeguas lo menos, y se excitó mucho. Con la tos, le entró un temblor violento. Me procuré un cuartillo de aguardiente anisado, y con ayuda de Antonio le di friegas casi durante una hora, hasta que el pelo se le cubrió de blanca espuma; pero la tos le iba en aumento, tenía la mirada fija y los miembros rígidos.

—¡No hay más remedio que sangrarlo!—dije—. Corre a buscar al veterinario.

Llegó el veterinario.