—Va usted a sangrar el caballo—exclamé—y a sacarle una azumbre de sangre.

El albéitar miró al animal y se encaminó a la puerta.

—¿Adónde va usted?—pregunté.

—A mi casa—respondió.

—¡Pero si le necesitamos a usted aquí!

—Ya lo comprendo—repuso—. Y por eso me voy.

—Tiene usted que sangrar el caballo o se me morirá.

—Lo sé—dijo el albéitar—; pero no lo sangro.

—¿Por qué?

—No lo sangro más que con una condición.