—¿Con cuál?
—¡Con cuál! Que me pagará usted una onza de oro.
—¡Sube corriendo a buscar el estuche de piel!—dije a Antonio.
Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra, lo introduje en la vena principal de una pata del caballo. Al principio la sangre no quería salir; al fin, a fuerza de frotes, comenzó a manar, y acabó por correr en abundancia; así estuvo una media hora.
—El caballo se va a desmayar, mon maître—dijo Antonio.
—Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la vena.
La cerré, en efecto, y mientras lo hacía me puse a mirar al albéitar a la cara, arqueando las cejas.
—¡Carracho, qué diablo de brujo!—musitó el albéitar al marcharse—. ¡A él si que le sangraría yo si tuviese aquí el cuchillo!
Por la noche volvimos a sangrar el caballo, y con esta segunda sangría se salvó. A la mañana siguiente empezó a comer.
A otro día salimos para La Coruña, llevando los caballos por la brida. El día era espléndido, y nuestro paseo delicioso. Ibamos bajo los árboles muy altos y sombrosos, que bordean la ruta desde Betanzos hasta ya cerca de La Coruña. Nada tan risueño y alegre como el país circunvecino. Los viñedos abundaban en las inmediaciones de las aldeas por donde atravesábamos, y millones de plantas de maíz erguían sus altas cañas y desplegaban sus anchas hojas verdes en los campos. A las tres horas de camino columbramos la bahía de La Coruña, en la que, no obstante estar aún a una legua de distancia, vimos tres o cuatro grandes navíos anclados. «¿Pertenecerán los navíos a España?»—me pregunté—. En la aldea inmediata nos dijeron que la noche anterior había llegado una escuadra inglesa, se ignoraba con qué objeto.