—Sin embargo—continuó nuestro informador—, parece seguro que traen algún designio sobre Galicia. Esos extranjeros son la ruina de España.

Nos alojamos en la que llaman calle Real, en una excelente fonda o posada, regida por un individuo bajo y grueso, de aspecto bastante risible, genovés por su cuna. Estaba casado con una vascongada, alta, fea, pero de buen genio, que le había dado un hijo y una hija. Al parecer la mujer había llevado consigo poco tiempo antes a todas sus parientes guipuzcoanas, que en número de nueve llenaban en la casa los oficios de camareras, cocineras y fregatrices; todas eran muy feas, pero de buen natural y en extremo parlanchinas. Durante el día entero atronaban la casa con su excelente vascuence y su malísimo castellano. El genovés, por el contrario, hablaba poco; una razón poderosa hubiera podido aducir para ello: llevaba treinta años en España y había olvidado su idioma nativo, sin aprender el español, que hablaba bastante mal.

Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo, y en el acto volvió todo a su curso normal.

Tenía yo en La Coruña un repuesto de quinientos Testamentos, con los que me proponía abastecer las principales ciudades gallegas. En seguida que llegué se publicaron los anuncios usuales, y el libro se vendió regularmente—unos siete u ocho ejemplares diarios, por término medio—. Al leer estos detalles no faltará acaso quien sienta la tentación de decir: «Esas minucias no valen la pena de mencionarlas.» Pero los que tal crean, deben pensar que hasta muy pocos meses antes de la fecha a que me refiero la existencia misma del Evangelio era casi desconocida en España, y que necesariamente había de ser empeño difícil inducir a los españoles, gente que lee muy poco, a comprar una obra como el Nuevo Testamento, de primordial importancia para la salud del alma, es cierto, pero que ofrece pocas esperanzas de diversión a los espíritus frívolos y corrompidos. Esperaba yo presenciar los albores de una época mejor y más ilustrada, y me regocijaba pensando que en la infeliz y desalumbrada España se vendía ya el Nuevo Testamento, aunque en corta cantidad, desde Madrid hasta las más distantes poblaciones gallegas, en un trayecto de casi cuatrocientas millas.

La Coruña se alza en una península que tiene por un lado el mar y por otro la famosa bahía.

La ciudad se divide en vieja y nueva; esta última fué probablemente en otros tiempos un mero arrabal. La ciudad vieja, desolada y en ruinas, está separada de la ciudad nueva por un ancho foso. La ciudad moderna es mucho más agradable y contiene una calle suntuosa, la calle Real, residencia de los principales comerciantes. Un rasgo singular de esta calle es que toda ella está pavimentada con losas de mármol, por las que circulan caballerías y carros como si fuese un pavimento ordinario.

Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay una calle tan limpia que se puede comer en ella la puchera sin el más leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una de las lluvias que con tal frecuencia empapan el suelo de Galicia, y dejan el piso de la calle muy lustroso. La Coruña fué en tiempos pasados una plaza comercial importante; pero la mayor parte del tráfico se ha trasladado últimamente a Santander, ciudad situada a mucha distancia de La Coruña, en dirección del golfo de Vizcaya.

—¿Va usted a ir a Santiago, Giorgio? Si fuese usted allá, me haría el favor de llevar un recado a un pobre compatriota mío—dijo una voz en inglés cerrado, estando yo una mañana a la puerta de mi posada, en la calle Real de La Coruña.

Miré en torno, y vi un hombre cerca de mí, en pie junto a la puerta de una tienda contigua a la posada. Representaba sesenta y cinco años; era pálido su rostro y la nariz notable por su color rojo. Vestía un amplio sobretodo verde, tenía en la boca una larga pipa de barro y en la mano una vara.

—¿Quién es usted y quién es su compatriota?—pregunté—. No le conozco a usted.