—Pues yo a usted, sí—replicó el hombre—. Usted me compró el primer cuchillo que vendí en el mercado de N.
Yo.—¡Ah! Ahora le recuerdo a usted, Luigi Pozzi, y me acuerdo muy bien, además, de las veces que fuí, siendo un chiquillo, hace ya veinte años, a la tiendecita de usted y le oía hablar en milanés con sus compatriotas.
Luigi.—Aquellos eran tiempos dichosos para mí. ¡Oh!, si supiera usted con qué fuerza reaparecieron en mi memoria cuando le vi a usted detenerse a la puerta de la posada. Al instante me metí dentro, cerré la tienda, me eché en la cama y lloré.
Yo.—No veo motivo para que eche usted tan de menos aquellos tiempos. Cuando yo le conocí a usted en Inglaterra era usted buhonero; a veces ponía un tenducho en el mercado de una ciudad rural. Ahora me lo encuentro en un puerto español, propietario, por lo visto, de una tienda importante. No veo por qué se queja usted del cambio.
Luigi (Arrojando la pipa al suelo).—¡Quejarme del cambio! ¿Sabe usted una cosa? Inglaterra es el paraíso de los piamonteses y milaneses, especialmente de los de Como. Jamás nos entregamos al descanso que no soñemos con ella, ya estemos en nuestro país, ya en tierra extranjera, como yo ahora. ¡Quejarme del cambio! ¡Y que eso lo diga un inglés! Prefiero ser miserable vagabundo en Inglaterra que dueño y señor de todo en diez leguas a la redonda del lago de Como, y otro tanto dirán todos mis compatriotas que han estado en Inglaterra, dondequiera que se encuentren. Puedo enseñarle diez cartas de otros tantos compatriotas residentes en América, donde se han hecho ricos, y prosperan, y son hombres principales; pues bien: todas las noches, cuando sus cabezas reposan en la almohada, sus almas auslandra[22], y van arrastradas a Inglaterra y hacia sus verdes campos. Llegan allí en alas del ensueño, ponen sus cajas en el suelo y van mostrando a los honrados campesinos, a sus mujeres e hijas, espejillos y otras chucherías, y como antaño, las venden entre regateos y chuscadas. Al caer la tarde, vuelven como en los tiempos pasados a las tabernas a comer las tostadas de pan y el queso y a beber la cerveza de Suffolk, y a escuchar los ruidosos cantares y alegres chanzas de los labradores. Pues si echan de menos Inglaterra y sueñan con ella los que están en América, país próspero, según reconocen ellos mismos, favorable a los piamonteses y milaneses, cuánto más la echará de menos quien, como yo, lleva tantos años en España, en esta espantosa ciudad de La Coruña, sosteniendo un comercio ruinoso, y donde se pasan los meses sin ver una cara inglesa ni oír una palabra del bendito idioma inglés.
Yo.—Con tal predilección por Inglaterra, ¿qué le movió a usted a dejarla y a venir a España?
Luigi.—Se lo diré a usted. Hace unos diez y seis años se apoderó de cuantos estábamos en Inglaterra un deseo general de ser algo más de lo que hasta entonces habíamos sido: buhoneros, vagabundos; deseaban además—el hombre nunca está contento—ver tierras nuevas; la mayor parte se fué de Inglaterra, y donde antes había diez, apenas si quedó uno. Casi todos se fueron a América, país muy favorable, como ya le he dicho a usted, para nosotros los naturales de Como. Bueno; todos mis amigos y parientes atravesaron el mar; yo también me empeñé en viajar; pero en vez de irme con los otros al Oeste, a un país donde todos han prosperado, se me ocurrió venir a esta tierra de España, donde cuantos extranjeros se establecen mueren de tristeza, más tarde o más temprano. Se me metió en la cabeza la idea de que podía hacer fortuna de golpe trayendo un cargamento de artículos ingleses baratos, como los que vendía yo de ordinario a los aldeanos de Inglaterra. Fleté medio barco para mis artículos, porque en Inglaterra había ganado algún dinero con mi humilde tráfico, y llegué a La Coruña. Aquí empezaron de golpe mis contrariedades; los desengaños sucedían a los desengaños. Con extremada dificultad obtuve permiso para desembarcar las mercancías, y eso a costa de un gran sacrificio en sobornos, propinas y cosas parecidas. Apenas establecido, vi que el comercio era aquí muy escaso y que mis géneros se vendían muy lentamente, y a precio de coste o poco más. Pensé marcharme a otra parte; pero me dijeron que tendría que dejar aquí mis existencias, a menos de pagar nuevas propinas que me hubiesen arruinado. De este modo he resistido catorce años, vendiendo apenas lo bastante para pagar el alquiler de la tienda y mantenerme; y así continuaré hasta que me muera, o hasta que se me acaben los géneros. En mal hora me fuí de Inglaterra para venir a España.
Yo.—¿Me ha dicho usted que tiene un compatriota en Santiago?
Luigi.—Sí; un pobre hombre, muy honrado, que, como yo, ha tenido la extraña suerte de venir a parar a Galicia. A veces me las arreglo para mandarle algunos géneros que vende en Santiago con más ganancia que yo aquí. Es hombre feliz, porque no ha visto Inglaterra, e ignora la diferencia entre los dos países. ¡Oh campiñas inglesas, quién os volviera a ver! ¡Y aquellas cervecerías! ¡Y lo que más vale de todo, la buena fe de la gente y la seguridad personal! He viajado por toda Inglaterra, y en ninguna parte me trataron mal, salvo una vez en el Norte, ciertos papistas a quienes aconsejé que abandonaran sus pantomimas y asistieran al culto anglicano, como hacía yo, y como todos mis compatriotas hacían en Inglaterra; porque, sépalo usted, signor Giorgio, todos nosotros, ya fuésemos piamonteses, ya naturales de Como, veíamos con muy buenos ojos la religión protestante, cuando no éramos miembros efectivos de ella.
Yo.—¿Qué se propone usted hacer ahora, Luigi? ¿Qué esperanzas tiene?