Luigi.—Mis esperanzas están borradas, Giorgio; mi único propósito es morirme en La Coruña, acaso en el hospital, si es que me admiten. Hace años todavía pensaba en marcharme, aunque fuese dejándolo todo abandonado, para volver a Inglaterra o irme a América; pero ahora es demasiado tarde, Giorgio; demasiado tarde. Cuando perdí todas mis esperanzas me di a la bebida, a la que nunca tuve antes afición, y ahora soy lo que supongo habrá usted adivinado.

—Para todos hay esperanza en el Evangelio—dije yo—, incluso para usted. Le enviaré a usted uno.

En la ciudad vieja, mirando al Este, hay una pequeña batería cuyo muro bañan las aguas de la bahía. Es un lugar apacible, desde donde se descubre una extensa vista. La batería ocupa unas ochenta varas en cuadro; algunos arbolillos crecen por allí, y sirve más que nada de lugar de esparcimiento de los coruñeses.

En el centro de la batería está la tumba de Moore, levantada por los caballerescos franceses, en conmemoración de la muerte de su heroico antagonista. Es de forma oblonga, rematada por una piedra, y en cada lado ostenta uno de esos sencillos y sublimes epitafios en que nuestros rivales son maestros, y que tan fuerte contraste hacen con las pretenciosas e hinchadas inscripciones que deforman los muros de la Abadía de Westminster:

«JOHN MOORE,
Jefe del ejército inglés. Muerto en el campo de batalla.
1809.»

La tumba es de mármol; rodéala un muro cuadrangular, alto parapeto de tosco granito; pegado a cada esquina, emerge del suelo la culata de un enorme cañón de bronce, destinado a dar solidez al muro. Estas construcciones exteriores no son obra de los franceses, sino del gobierno inglés.

Allí yace el héroe, casi a la vista de la gloriosa colina donde, revolviéndose contra sus perseguidores como un león acosado, terminó su carrera. Muchos ganan la inmortalidad sin buscarla, y mueren antes de que sus primeros rayos doren su nombre; de éstos fué Moore. El general, al huír de Castilla con sus desalentadas tropas, hostigado por un enemigo impetuoso y terrible, no soñaba que estaba a punto de alcanzar lo que muchos hombres, mejores y más grandes aunque no ciertamente más valientes que él, han deseado en vano. Sus mismos infortunios, la desastrosa retirada, la sangrienta muerte, y su tumba en país extranjero, lejos de sus parientes y amigos, aseguraron su fama inmortal. Apenas hay un español que no conozca de oídas esta tumba y que no hable de ella con respeto. Afírmase que con el general hereje fueron sepultados tesoros inmensos, aunque nadie acierta a decir para qué fin. De creer a los gallegos, los demonios de las nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más groseras se cuentan acerca del modo como cayó el valeroso general. Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo, fluye.


CAPÍTULO XXVII

Compostela.— Rey Romero.— El buscador de tesoros.— Proyectos risueños.— El derecho de asilo.— Riquezas ocultas.— El canónigo.— El localismo.— La lepra.— Los huesos de Santiago.