Una noche, ya tarde, me paseaba solo por la alameda de Santiago pensando qué dirección tomaría en mi próximo viaje, porque ya llevaba allí diez días; la luna, esplendorosa, alumbraba todos los objetos hasta considerable distancia en torno mío. La alameda estaba por completo solitaria; todo el mundo, menos yo, se había retirado a descansar. Me senté en un banco y proseguí mis reflexiones, cuando, de súbito, me interrumpió un ruido como de alguien que anduviese pesadamente renqueando. Volví los ojos en la dirección del ruido, y al pronto sólo percibí un bulto informe que avanzaba con lentitud; cuando estuvo más cerca distinguí la silueta de un hombre, vestido con burdo traje pardo, con una especie de sombrero andaluz, y que a modo de bastón empuñaba una rama de árbol pelada. Llegó frente a mi banco; se detuvo, se quitó el sombrero y me pidió limosna con un acento insólito y en una jerga extraña, algo semejante al catalán. La luna iluminó unas guedejas grises y un semblante rojizo y curtido que al instante reconocí.
—Benedicto Mol—exclamé—, ¿cómo es posible que me le encuentre a usted en Compostela?
—Och, mein Gott, es ist der Herr!—replicó Benedicto—. ¡Och, qué buena suerte! ¡La primera persona que veo en Compostela es el Herr!
Yo.—Apenas puedo dar crédito a mis ojos. ¿Dice usted que acaba de llegar a Santiago?
Benedicto.—¡Oh, sí! Llego en este momento; vengo a pie desde Madrid, que ya es camino.
Yo.—¿Y qué ha podido inducirle a usted a emprender un viaje tan largo?
Benedicto.—Vengo en busca del Schatz, del tesoro. Le dije a usted en Madrid que estaba a punto de venir; ahora me lo encuentro aquí; ya no tengo duda de que hallaré el Schatz.
Yo.—¿Y cómo se las ha arreglado para vivir durante el viaje?
Benedicto.—¡Oh! He sacado unos cuartos pidiendo limosna. Al llegar a Toro me puse a trabajar de jabonero, hasta que, descubierta mi incapacidad, me echaron del pueblo. Continué pidiendo limosna hasta llegar a Orense, que ya es tierra de Galicia. No me gusta nada este país.
Yo.—¿Por qué?