Benedicto.—¡Por qué! Porque aquí todos mendigan, y como apenas tienen para ellos, menos tienen para mí, que soy forastero. ¡Oh! ¡Qué miseria la de Galicia! Cuando por las noches llego a una de esas pocilgas que ellos llaman posadas, y pido por Dios un pedazo de pan para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me contestan que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que desde que estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo un poco de lo que llaman aquí broa y unos desperdicios de cañas, usadas para cama de los caballos; me duelen todos los huesos desde que entré en Galicia.

Yo.—A pesar de todo, ha venido usted a un país que llama miserable, en busca de un tesoro.

Benedicto.—¡Oh!, yaw, pero el Schatz está enterrado; no está sobre la tierra; en Galicia no hay dinero en la haz de la tierra. Lo desenterraré, y luego compraré un coche con seis mulas y me iré a Lucerna; si al Herr le agrada irse conmigo, será muy bien recibido.

Yo.—Me temo que se haya metido usted en un callejón sin salida. ¿Qué piensa usted hacer? ¿Tiene usted algún dinero?

Benedicto.—Ni un cuarto; pero una vez en Santiago, eso ya no me importa. Estoy cerca del Schatz; además le he visto a usted, que es buena señal; esto quiere decir que aún está aquí el Schatz. Voy a ir a la mejor posada de la población y viviré como un duque, hasta que se me presente la ocasión de desenterrar el Schatz, con el que pagaré todos los gastos.

—No haga usted eso—repliqué yo—. Busque un sitio para dormir y procúrese algún trabajo. Mientras tanto, tenga esta pequeñez para remediarse. Creo que el tesoro que ha venido a buscar sólo existe en su imaginación de usted.

Le di un duro y me marché.

Nunca he gozado de paseos más encantadores que en las cercanías de Santiago. Mi amigo, el bueno y anciano librero, me acompañaba casi siempre. Vagábamos por las frondosas márgenes de los numerosos arroyuelos, gozando de los placenteros atardeceres veraniegos de aquella parte de España. El tema de nuestros coloquios era de ordinario la religión; pero también hablábamos con frecuencia de los países extranjeros visitados por mí, y otras veces de cosas que interesaban personalmente a mi amigo. «Los libreros españoles—decía—somos todos liberales; no somos amigos del sistema frailuno, ni podríamos serlo. Los frailes favorecen las tinieblas, y nosotros vivimos de esparcir la luz. Somos muy amantes de nuestra profesión, y más o menos, todos hemos padecido por su causa. Muchos de los nuestros fueron ahorcados en los tiempos de terror, por vender inofensivas traducciones del francés o del inglés. Poco después de ser derrocada la Constitución por Angulema y las bayonetas francesas, tuve que huír de Santiago y refugiarme en la parte más agreste de Galicia, cerca de Corcubión. A no ser por los buenos amigos, no lo contaría ahora; con todo, me costó mucho dinero arreglar el asunto. Mientras estuve escondido, se hicieron cargo de la librería los funcionarios de la curia eclesiástica, y le decían a mi mujer que era menester quemarme por haber vendido libros malos. Pero esos tiempos ya pasaron, gracias a Dios, y espero que no han de volver.»

Una vez íbamos paseando por las calles de Santiago, y el librero se detuvo delante de una iglesia, poniéndose a contemplarla atentamente. Como no ofrecía a la vista nada notable, le pregunté la causa de su interés. «En tiempo de los frailes—me dijo—esta iglesia tenía derecho de asilo, y cualquier criminal que se refugiaba en ella quedaba en salvo. A todos alcanzaba su protección, aun a los más viles, menos a los negros, como llamaban a los liberales.»

—¿A los asesinos también?—pregunté.