—A los asesinos y a otros delincuentes peores. Entre paréntesis: he oído decir que ustedes los ingleses miran con la más extremada aversión el homicidio; ¿creen ustedes, en efecto, que es un crimen enorme?

—¿Pues no lo hemos de creer?—repliqué.—En todos los demás cabe reparación; pero si quitamos la vida lo quitamos todo.

—Los frailes pensaban de otro modo—replicó el anciano—, y consideraron siempre el homicidio como una friolera; pero no así el delito de casarse sin dispensa dos primos hermanos, para el que, a creerlos, difícilmente hay remisión en este mundo ni el otro.

Dos o tres días después de esto estábamos sentados en mi habitación de la posada, conversando, cuando Antonio abrió la puerta y dijo, sonriente, que abajo estaba un «señor» extranjero que pretendía hablarme. «Que suba»—respondí; y casi al instante apareció Benedicto Mol.

—Aquí tiene usted una persona singularísima—dije al librero—. En general, ustedes los gallegos se marchan de su tierra para hacer dinero; éste, por el contrario, viene aquí a buscarlo.

Rey Romero.—Y hace muy bien. Galicia es la provincia de España que más riquezas naturales encierra; pero los habitantes son muy lerdos, y no saben utilizar los dones que les rodean; en prueba de lo que puede sacarse de Galicia, vea usted a los catalanes que se han establecido aquí: todos son ricos. Hay riquezas por todas partes, sobre la tierra y debajo de ella.

Benedicto.—¡Oh!, yaw, en tierra, eso es lo que yo digo. Hay muchos más tesoros debajo de tierra que encima de ella.

Yo.—¿Ha descubierto usted desde que no nos vemos el sitio donde dice usted que está escondido el tesoro?

Benedicto.—Sí; ahora lo sé ya todo. Está enterrado en la sacristía de San Roque.

Yo.—¿Cómo lo ha averiguado usted?