Benedicto.—Verá usted. Al día siguiente de llegar, anduve paseándome por la población, en busca de la iglesia; pero no encontré ninguna que correspondiese con las señas que me dió mi camarada antes de morir en el hospital. Entré en bastantes, examinándolas con cuidado, pero en vano; no pude dar con el sitio que yo veía con los ojos del alma. Conté el caso a la gente de mi posada y me aconsejaron que llamase a una meiga.
Yo.—¡Una meiga! ¿Qué es eso?
Benedicto.—¡Oh! Una Haxweib, una bruja; los gallegos en su jerga, de la que no entiendo una palabra, la llaman bruja. Consentí, y enviaron a buscar a la meiga. ¡Ah, qué Weib es la meiga! No he visto nunca mujer igual; tan alta como yo, su rostro es tan redondo y tan rojo como el sol. Me preguntó muchas cosas en gallego, y cuando le dije todo lo que necesitaba saber sacó una baraja de naipes y fué poniéndolos en la mesa de un modo particular; me dijo, al fin, que el tesoro está en la iglesia de San Roque, cosa cierta, seguramente, pues he ido a la iglesia y corresponde con toda exactitud a las señas que me dió el compañero muerto en el hospital. ¡Oh!, esa meiga es una Hax muy poderosa. Es muy conocida en estos contornos y se sabe que ha hecho muchos daños en el ganado. En pago de su trabajo le di medio duro, del que usted me regaló.
Yo.—Pues se ha portado usted como un tonto; la bruja le ha engañado groseramente. Pero aun siendo verdad que el tesoro esté en la iglesia que usted dice, no es probable que le permitan remover el suelo de la sacristía para desenterrarlo.
Benedicto.—Ese asunto va ya por muy buen camino. Ayer fuí a confesarme con un canónigo, que me dió la absolución y su bendición; no es que a mí me importen mucho esas cosas; pero sí sé que este es el modo mejor de entrar en materia; me confesé, y luego hablé de mis viajes, y acabé por contar al canónigo lo del tesoro, y le propuse que si me ayudaba nos lo repartiríamos entre los dos. ¡Oh!, quisiera que hubiesen ustedes visto la cara que puso. En el acto aceptó la propuesta, y me dijo que podía ser un buen negocio; me estrechó la mano, afirmando que soy un suizo honrado y muy buen católico.
Después le propuse que me admitiera en su casa y me tuviese con él hasta que se presentase ocasión de desenterrar juntos el tesoro. Pero a eso se negó.
Rey Romero.—Lo que es eso, lo creo: cuente usted con que ningún canónigo se comprometerá hasta ese punto sin razones muy fuertes para ello. Las historias de tesoros ocultos están ya muy gastadas; por aquí se han oído contar casi desde los tiempos de los moros.
Benedicto.—Me aconsejó ir a ver al capitán general y pedirle permiso para las excavaciones, prometiéndome, si lo obtenía, ayudarme con toda su influencia.
En diciendo esto, el suizo se fué, y no volví a ver e ni oí hablar de él en todo lo demás del tiempo que estuve en Santiago.
El librero no se cansaba de enseñarme su ciudad natal, de la que era entusiasta admirador. La verdad es que en ninguna parte he encontrado el sentimiento localista, muy extendido por toda España, tan fuerte como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a los santiagueses les importa poco que las demás ciudades gallegas perezcan. Su antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites, sentimiento agravado en no corta medida por la traslación de la capitalidad provincial desde Santiago a La Coruña. No me toca a mí, que soy extranjero, decir si el cambio era o no recomendable; pero mi opinión íntima es por completo adversa a él. Santiago es una de las ciudades más céntricas de Galicia, con importantes núcleos de población por todos lados, mientras que La Coruña está en un extremo, a gran distancia del resto de la región. «Es una lástima que los vecinos de La Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra catedral, como se han llevado nuestro gobierno—decía un santiagués—. Así harían mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se pueda decir misa.» «También es gran lástima—decía otro—que no puedan llevarse nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus enfermos pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña tienen mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir de La Coruña que sea bueno?»