En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve mucho tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me arrojaron rápidamente a la calle. La verdad es que Santiago viene a ser el inmenso lazareto de Galicia, lo cual explica el prodigioso número de seres horribles que se ven por las calles, llegados, en su mayoría, en demanda de asistencia médica, que se les administra—según pude saber—con escasez e ineficacia. Entre aquellos desgraciados descubría a veces algún caso de la terrible lepra, e instantaneamente huía de él con un «Dios te remedie», como un judío de la antigüedad. Galicia es la única provincia de España donde aún son frecuentes los casos de lepra; prueba convincente de que esta enfermedad es producida por la mala alimentación y por el descuido en la limpieza, porque los gallegos, en lo tocante a las comodidades de la vida y a los hábitos civilizados, están, por confesión propia, mucho más atrasados que los demás naturales de España.

—Además del hospital general—dijo el librero—tenemos una leprosería. ¿Quiere usted verla? En Santiago hay de todo. Nada falta: hasta la lepra tiene aquí albergue.

—No me opongo a que vayamos a ver la leprosería; pero ha de ser desde lejos, porque lo que es entrar, no entro.

Dicho esto me llevó por el camino de Padrón y Vigo abajo, e indicándome dos o tres chozas, exclamó:

—Esa es la leprosería.

—Muy pobre me parece—respondí—. ¿Qué comodidades pueden encontrar ahí dentro los enfermos? ¿Quién los cuida?

—Ahí los dejan entregados a sí mismos—respondió el librero—. Probablemente se morirán a veces por abandono. En otro tiempo la leprosería estaba bien dotada, con rentas bastantes para sostenerla; pero también fueron secuestradas en las revueltas últimas. Ahora, los leprosos menos repulsivos se sitúan por lo común al borde de la carretera y mendigan para todos. Vea usted, ahí está uno.

Era cierto: un leproso, medio desnudo, descubiertas las relucientes escamas, aparecía sentado al pie de una cerca ruinosa. Arrojamos unas monedas en el sombrero de aquel ser infortunado, y nos fuimos.

—Mala enfermedad es ésta—dijo mi amigo—, y yo, que he visto muchos leprosos, confieso que su proximidad me hace poca gracia. La verdad: preferiría que no entrasen, como entran algunas veces, en mi tienda a pedir limosna. Tengo entendido que la lepra es la enfermedad más contagiosa que hay; pero existe una variedad de virulencia terrible, la más temida de todas: es la lepra elefantina. A los que mueren de ella los queman, por disposición de la ley, y se aventan las cenizas, porque si el cuerpo de esos leprosos se enterrase en el cementerio, la enfermedad se propagaría en seguida incluso a los demás muertos allí enterrados. Al menos, eso es lo que se cree por aquí. Ahora se está siguiendo causa por haber enterrado en el cementerio los cadáveres de unas víctimas de la lepra elefantina. Funesta es la lepra en cualquiera de sus formas, pero sobre todo la elefantina.

—Hablando de cadáveres—dije yo—, ¿cree usted que los huesos de Santiago están realmente enterrados en Compostela?