Pontevedra, en conjunto, merece el nombre de ciudad monumental, pues algunos de sus edificios públicos, en especial los conventos, son tales como no se ven en parte alguna, fuera de España e Italia. Rodéanla murallas de piedra labrada, y se alza en el fondo de una ensenada, en la que desemboca el río Lérez. Dícese que fué fundada por una colonia griega, cuyo jefe era nada menos que Teucer el Telamonio. En tiempos antiguos fué plaza comercial importante; cerca del puerto se ven las ruinas de un farol, o faro, que pasa por ser antiquísimo. El puerto, empero, muy distante de la ciudad, es incómodo y muy poco profundo. La comarca pontevedresa es de incomparable amenidad, abundante en frutas de todo género, especialmente en uvas, que en la estación propicia muestran, pendientes de las parras, su deliciosa lozanía. Un antiguo autor andaluz ha dicho que aquí se producen tantos naranjos y limoneros como en la campiña cordobesa; pero las naranjas no son buenas y no pueden competir con las de Andalucía. Los pontevedreses se jactan de que su suelo produce dos esquilmos al año, y que mientras recogen una cosecha siembran la otra. Razón tienen para enorgullecerse de una tierra como la suya, pródigamente dotada.

La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad de sus edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y miseria que las usuales en Galicia. La posada era misérrima, y para acabarlo de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable. Porque Antonio se quejó de la calidad de algunos de los comestibles que nos servía, empezó a maldecirle violentamente en la lengua del país, única que sabía hablar, y le amenazó, si intentaba producir desorden en la casa, con echarle a la calle a él, a los caballos y a su amo. Ni el mismo Sócrates se hubiera conducido en tal ocasión con más prudencia que Antonio, quien se encogió de hombros, murmuró unas palabras en griego y guardó silencio.

—¿Dónde vive el notario público?—pregunté—. Es de saber que el notario público vendía libros, y para él llevaba yo una recomendación de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió a casa del señor García, que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre de unos cuarenta años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se encargó de vender mis Testamentos, y en un abrir y cerrar de ojos le vendió dos a un cliente, aldeano por las muestras, que le esperaba en el despacho. El notario era un patriota entusiasta; pero claro es que en sentido local, porque no le importaba más país que Pontevedra.

Los tales vigueses—me dijo—pretenden que su ciudad es mejor que la nuestra, y que tiene más títulos para ser la capital de esta parte de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás comparar Vigo con Pontevedra?

—No lo sé—repuse—; nunca he estado en Vigo; pero he oído decir que su bahía es la mejor del mundo.

—¿La bahía, buen señor? ¡La bahía! Sí; esos bribones tienen una bahía, y la bahía es la que nos ha robado todo nuestro comercio. Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de una provincia? Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse los diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo el pueblo. ¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para beber? ¿Tienen fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre, que haría reventar a un caballo. Espero, querido amigo, que no habrá hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla de piratas como los de Vigo.

—No he venido a ponerme de su parte—contesté—; la verdad es que no sabía yo que necesitasen mi ayuda en esta disputa. Sólo vengo a traerles el Nuevo Testamento, del que están al parecer muy necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta.

—¿Pintarlos, querido amigo? Pero ¿no lo dice el caso por sí solo? ¿No sostienen que su ciudad es más apropiada que la nuestra para ser capital de la provincia? ¡Qué disparate! ¡Que bribonería!

—¿Hay en Vigo alguna librería?—pregunté.

—Había una perteneciente a un barbero loco. Afortunadamente para usted la librería quebró y su dueño ha desaparecido. No hubiera dejado de jugarle a usted una de estas dos malas partidas: o hacerle una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o encargarse de sus libros y no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía! ¡Quisiera yo ver qué derecho tiene a una bahía un nido de lechuzas como Vigo!