No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público me trató a mi en cuanto le convencí de que no tenía intención de ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra. Eran entonces las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y me obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a pasear por la ciudad, y el notario fué mostrándome varios edificios, especialmente el convento de los jesuítas. «Vea usted esa fachada. ¿Qué le parece?»—decía.

Al expresarle la admiración sincera que sentía, acabé de conquistar el corazón del buen notario. «Supongo que en Vigo no habrá nada como esto»—le dije—. Me miró un instante, guiñó los ojos, ahogó una risita de triunfo, y prosiguió su camino andando a tremenda velocidad. El señor García iba vestido enteramente como un notario inglés. Llevaba sombrero blanco, levita obscura, calzones de lana gris abotonados en las rodillas, medias blancas y zapatos negros bien embetunados. Pero nunca he visto a un notario inglés andar tan de prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía una sucesión de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la imposibilidad de seguirle, le pregunté falto de alientos:

—¿Adónde me lleva usted?

—A casa del hombre de más talento de España—replicó—, a quien voy a presentarle a usted. No vaya usted a pensar que Pontevedra sólo se enorgullece de sus edificios públicos y de la hermosura de su suelo: produce también más espíritus esclarecidos que ninguna otra ciudad de España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán?

—Sí tal—respondí—. Pero no procedía de Pontevedra ni de sus alrededores; vino de las estepas de Tartaria, cerca del río Oxo.

—Ya lo sé—replicó el notario—; pero lo que yo quiero decir es que, cuando Enrique III tuvo que enviar un embajador a aquel africano, el único hombre que halló a propósito para el caso fué un caballero de Pontevedra llamado don...[23] ¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si pueden!

Entramos en un ancho portal y subimos una suntuosa escalera, al final de la que el notario llamó a una puerta pequeña.

—¿A quién me va usted a presentar?—le pregunté.

—A un abogado que se llama...—replicó García. Es el hombre de más talento de España, y conoce todas las lenguas y todas las ciencias.

Nos abrió una mujer de aspecto respetable, con todas las muestras de ser el ama de gobierno, y luego de decirnos, contestando a nuestras preguntas, que el abogado estaba en casa, nos llevó a una inmensa sala, o más bien librería, pues los muros estaban cubiertos de libros excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos cuadros de escuela española antigua. Los suaves rayos del sol poniente entraban por una ventana con cristales de colores, y esclarecían el aposento. Detrás de la mesa estaba sentado el abogado, a quien miré con no pequeña curiosidad. Tenía la frente alta y llena de arrugas, y las facciones muy graves, netamente españolas. Vestía una especie de hopalanda, y frisaba en los sesenta años. Estaba leyendo, sentado detrás de una ancha mesa, y, al entrar nosotros, medio se incorporó y nos hizo una ligera reverencia.