El notario le hizo un saludo reverente, y en voz baja le pidió permiso para presentarle un amigo, un caballero inglés que viajaba por Galicia.
—Tengo mucho gusto en verle—dijo el abogado—; pero espero que hablará castellano, pues en otro caso apenas podríamos comunicarnos; aunque leo el francés y el latín, no los hablo.
—Habla el español casi tan bien como si fuera de Pontevedra—repuso el notario.
—Los naturales de Pontevedra—observé yo—me parecen más versados en gallego que en castellano, pues la mayor parte de las conversaciones que oigo en la calle son en aquel dialecto.
—El último caballero que me presentó mi amigo García—dijo el abogado—era un portugués que hablaba muy poco o nada el español. Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho; pero cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fué posible entendernos. Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era para él completamente ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto local?—continuó.
—Muy poco—repliqué—. Debe de ser principalmente por el acento peculiar y la pronunciación, nueva para mí, de los gallegos, porque su lengua está compuesta casi del todo de palabras españolas y portuguesas.
—De modo que es usted inglés—dijo el abogado—. Sus compatriotas han hecho mucho daño antiguamente en estas regiones, si hemos de creer a las historias.
—Sí—dije yo—; hundieron los galeones y quemaron los mejores barcos de guerra de ustedes en la bahía de Vigo, y en tiempo de lord Cobham impusieron a la ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil libras esterlinas.
—Cualquier potencia extranjera—interrumpió el notario—tiene perfecto derecho para atacar a Vigo; pero no concibo qué podían alegar sus compatriotas de usted para arruinar a Pontevedra, ciudad respetable que nunca les hizo daño.
—Señor caballero—dijo el abogado—, voy a enseñarle a usted mi librería. Aquí tiene usted una obra curiosa, una colección de poemas, escritos casi todos en gallego por el cura de Fruime. Es nuestro poeta nacional y nos enorgullecemos de él.