Estuvimos más de una hora con el abogado; su conversación, si no me convenció de que fuese el hombre de más talento de España, era, en general, de gran interés; el abogado poseía, ciertamente, una ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba muchísimo para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho[24].
En la tarde del siguiente día, al disponerme a salir de Pontevedra, el señor García, en pie junto a mi caballo, me abrazó, y me deslizó en la mano un folletito. «Este libro—me dijo—contiene una descripción de Pontevedra. Hable usted bien de Pontevedra dondequiera que vaya.» Asentí con la cabeza. «Espere—añadió—. He oído hablar, mi querido amigo, de la Sociedad a que usted pertenece, y trabajaré cuanto pueda en favor de sus designios. Lo hago con absoluto desinterés; pero si alguna vez, andando el tiempo, tuviese usted ocasión de hablar en letras de molde del señor García, notario de Pontevedra—ya usted me entiende—, deseo que no deje de hacerlo.»
—Así lo haré—contesté yo.
El recorrido de Pontevedra a Vigo es sólo de cuatro leguas, y fué un agradable paseo a caballo que hicimos en una tarde. Al acercarnos a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente montañoso, aunque el paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de las montañas estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la misma cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose hasta las nubes.
Al anochecer, el camino se entenebreció, envolviéndolo las montañas y bosques circundantes en profundas sombras. Pero era un camino muy transitado: oíamos el chirriar de muchos carros que iban por él y continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y peatones. Las aldeas eran frecuentes. Las parras crecían con lozana pompa, aún mayor, si cabe, que en el campo de Pontevedra. Por todas partes reinaban la actividad y la vida. El zumbido de los insectos, el alegre ladrar de los perros, los rudos cantares de Galicia, se mezclaban en deleitosa sinfonía. Tan placentero fué el viaje, que casi sentí llegar a las puertas de Vigo.
La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado y pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona. El casco de la población es pequeño y compacto, rodeado de murallas bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en medio de la ciudad hay una plaza pequeña.
Hay un faubourg de regular extensión a lo largo del borde de la bahía. Encontramos una excelente posada, regida por un matrimonio vascongado, cortés e inteligente. Las calles estaban abarrotadas y todo en la ciudad era ruido y jolgorio. Lucía un desdichado simulacro de iluminación, puesta por el vecindario para celebrar una victoria ganada, o que se afirmaba haber ganado, contra las tropas del Pretendiente. Por todas partes se veían uniformes militares. Para mayor bullicio, acababa de llegar de Oporto una compañía de cómicos portugueses, y aquella noche iban a dar su primera representación en Vigo. «¿Representan la comedia en español?»—pregunté—. «No—me respondieron—, y por eso tiene todo el mundo tantos deseos de ir; otra cosa sería si representaran en una lengua que todos entendieran.»
A la mañana siguiente hallábame sentado, para desayunarme, en un vasto aposento que miraba a la Plaza Mayor de Vigo. El sol lucía esplendoroso, y todas las cosas en torno aparecían animadas, jocundas. En aquel momento entró un desconocido, me hizo una reverencia profunda y se plantó en la ventana, donde permaneció buen rato en silencio. Era un hombre como de treinta y cinco años, de muy notable presencia. Sus facciones eran de absoluta corrección, casi puedo decir de perfecta belleza. Tenía el pelo negrísimo y lustroso; los ojos, grandes, negros y melancólicos; pero lo que más me llamó la atención fué su tez, de tono oliváceo amoratado. Vestía con primorosa elegancia según la moda francesa. Llevaba al cuello una gruesa cadena de oro, en los dedos anchos anillos, y engastado en uno de ellos, un magnífico rubí. «¿Quién será este hombre?—pensé yo—. ¿Español, portugués? Acaso un criollo.» Le hice una pregunta indiferente en español, y me contestó en el mismo idioma; pero su acento me convenció de que no era español ni portugués.
—Si no me engaño, hablo con un inglés, señor—me dijo en el mejor inglés que puede hablar un extranjero.
Yo.—Lo ha acertado usted; pero yo, en cambio, no acabo de adivinar qué país es el suyo.