El desconocido.—¿Puedo tomar asiento?
Yo.—Singular pregunta. ¿No tiene usted tanto derecho como yo a sentarse en la sala común de una posada?
El desconocido.—No estoy seguro de ello. A la gente de aquí, en general, no le gusta verme tomar asiento a su lado.
Yo.—Quizás por las opiniones políticas de usted, o porque haya usted tenido la desgracia de cometer algún delito.
El desconocido.—No tengo opiniones políticas, y no he cometido, que yo sepa, delito alguno. Aquí me odian por mi país y mi religión.
Yo.—¿Estoy hablando quizás con un protestante, como yo?
El desconocido.—No soy protestante. Si lo fuese, se andarían con más tiento para demostrarme su odio, porque entonces tendría un Gobierno y un cónsul que me defendieran. Soy judío, judío de Berbería, súbdito de Abderramán.
Yo.—En tal caso, no tiene usted mucho de qué lamentarse si aquí le miran mal, puesto que en Berbería los judíos son esclavos.
El desconocido.—En casi todas partes lo son, es cierto; pero no donde yo he nacido, muy en el interior del país, cerca de los desiertos. Allí los judíos son libres y temidos, y tan valientes como los mismos musulmanes; saben domar potros y manejar el fusil. Los judíos de nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos trate como tales por los cristianos ni por los moros.
Yo.—La historia de usted debe de ser muy curiosa; quisiera conocerla.