El desconocido.—No pienso contarle mi historia a nadie. He viajado mucho, dedicado al comercio, y he prosperado. Ahora estoy establecido en Portugal; pero no me gusta la gente de los países católicos, y menos que ninguna la de España. Al llegar aquí he sufrido injusticias vergonzosas en la aduana, y, al protestar, se rieron de mí y me llamaron judío. Por dondequiera que voy, veo escarnecer a los judíos, excepto en el país de usted; por eso mi corazón se apasiona por los ingleses. Usted es aquí un forastero. ¿Puedo servirle en algo? No tiene usted más que mandarme.
Yo.—Se lo agradezco a usted con toda el alma, pero no necesito nada.
El desconocido.—¿Trae usted letras? Yo le tomo a usted las que traiga.
Yo.—Nada necesito. El favor que puede usted hacerme es aceptar de mí un libro.
El desconocido.—Lo aceptaré muy agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo tan singular: el mismo vestido, el mismo semblante, el mismo libro! Pelham me dió uno en Egipto. ¡Adiós! Jesús fué un hombre virtuoso, quizás un profeta; pero... ¡adiós!
Bien pueden los pontevedreses envidiar a los de Vigo su bahía, con la que, en muchas cualidades, no puede compararse ninguna otra en el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden por todos lados, menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en medio de la boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje e impide que las mareas del Poniente invadan la bahía con violencia. A cada lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos puedan atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía es oblonga, y se mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas son obscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte que el barco de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de los muros de la ciudad sin averiarse la quilla.
Aquella bahía ha presenciado muchos sucesos memorables, ha visto armamentos poderosos. Allí se reunieron los corpulentos barcos de la Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el poderío y el terror de la vieja España, la monstruosa escuadra, desplegando sus enormes velas al viento, zarpó orgullosamente para arrasar la isla luterana. La mitad de los bosques de Galicia fué arrasada, y todos los marineros de las mil bahías y rías de las agrias costas cantábricas fueron enganchados a la fuerza para construir y armar la flota. Allí fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron, volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros, mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. En las costas de aquella bahía fué donde la guardia inglesa vació por vez primera las bodegas españolas, mientras las bombas de Cobham hundían las techumbres del castillo de Castro, y los vecinos de Pontevedra enterraban sus doblones en las cuevas, y los correos llevaban a escape a Lugo y Orense la noticia de la invasión de los herejes y del desastre de Vigo. Todos esos hechos acudían a mi mente, contemplando la bahía desde un punto muy alto de la montaña, a muy corta distancia del fuerte.
—¿Qué está usted haciendo ahí, caballero?—gritaron varias voces—. ¡Quieto, Carracho! Si intenta usted correr, le descerrajo un tiro.
Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro individuos, soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes, en un tortuoso sendero que trepaba por la colina. Teníanme encañonado con sus fusiles.
—¿Qué estoy haciendo? Ya lo ven ustedes: nada—respondí—, como no sea mirar la bahía. Y en eso de correr, no hay cuidado: el terreno no es a propósito.