—Dése usted preso—dijeron—, y venga usted con nosotros al castillo.

—Precisamente estaba pensando en ir allá antes de recibir su amable invitación—contesté—. Deseo ver el fuerte.

Me encaramé al lugar donde estaban, y en el acto me rodearon; con esa escolta llegué al castillo, que en su tiempo habría sido muy importante, pero ahora ruinoso.

—Sospechamos que es usted un espía—dijo el cabo, que iba delante.

—¿De veras?—contesté.

—Sí—repuso el cabo—, y en estos últimos tiempos hemos cogido y fusilado varios.

Encaramado en uno de los parapetos del castillo estaba un joven, con uniforme de oficial subalterno, a quien me presentaron.

—Hace media hora que estamos vigilándole a usted, mientras hacía observaciones—me dijo.

—Pues se han tomado ustedes un trabajo inútil—respondí—. Soy inglés, y me entretenía en contemplar la bahía. Quisiera que ahora tuviese usted la amabilidad de enseñarme el fuerte.

Hablamos un poco más, y el oficial dijo: «Me gusta ser amable con la gente de su país de usted: queda usted en libertad.» Me incliné, salí del fuerte y emprendí el descenso de la montaña. Cuando iba a entrar en la ciudad, el cabo, que me había seguido ocultamente, me tocó en el hombro. «Venga usted conmigo a ver al gobernador»—dijo—. «Con mucho gusto»—respondí—. El gobernador estaba afeitándose cuando llegamos a su presencia, y apareció en mangas de camisa, con la navaja en la mano. Parecía de muy mal humor, debido quizás a que le habíamos interrumpido en su tocado. Me hizo dos o tres preguntas, y al saber que llevaba pasaporte y que era portador de una carta para el cónsul inglés, me dijo que podía marcharme cuando quisiera. Hice una reverencia al gobernador de la ciudad, como antes al gobernador del fuerte, y salí, encaminándome a la posada.